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Epistolario por Don Lorenzo Trujillo Díaz |
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Llamadas desde la Esperanza
1. Jugar a las bodas
Querido amigo: Gracias por tus noticias, sugerencias y preguntas. Me conoces lo suficiente para saber que el título de mi carta no es una burla de los "matrimonios" homosexuales. Simplemente, creo que son un juego, una fantasía legalizada; no lo digo en broma sino muy en serio. De la ley sí me reiría a no ser porque se trata de un ataque a la realidad de la familia, ya muy deteriorada (¡cada cuatro minutos se disuelve un matrimonio en nuestro país!). Una ley que es el complemento de la del divorcio instantáneo: esta última rebaja el matrimonio a contrato temporal casi privado y aquella eleva una convivencia no matrimonial a matrimonio. O sea, se busca decididamente otra tipología de convivencia distinta a la familiar: los falsificadores del lenguaje hablarán de "familia tradicional" frente a "nuevos tipos de familia". ¿Mi posición? Además de una posible objeción de conciencia por parte de los funcionarios, o de manifestaciones públicas en defensa del matrimonio, hay un punto que es preciso tomar muy en serio: el lenguaje. El lenguaje —no todos lo ven así por desgracia— es la horma del pensamiento, el anuncio de la conducta y el guardián de la realidad; llamar matrimonio a lo que no lo es, como hablar de "pareja" o de "compañeros sentimentales" cuando se trata de esposo o esposa, es caer en la trampa de la manipulación lingüística. Aconsejo no hablar de matrimonio, de esposo, de esposa, más que cuando se dan estas realidades; viceversa, no calificar de "pareja" o "compañero sentimental" cuando se habla de una relación matrimonial verdadera. No podemos dar estatuto familiar de cónyuges — tratarlos como si lo fueran— a los "compañeros" de nuestros familiares, aunque hayan pasado por esta fantasía legal; en todo caso, condición de amigos de los nuestros. Mi carta, no obstante, quiere llegar más allá de esta ley surrealista. Me confesaste tu homosexualidad hace ya bastantes años, precisamente porque alguien con el mismo problema te aseguró que encontrarías comprensión y verdad. Sé que sigues sufriendo con dignidad y con valor; me consta que nunca has entrado en la "sociedad rosa" y que odias el falso corporativismo de esos círculos que airean su homosexualidad como si fuera motivo de orgullo. La publicidad no es tu pretensión. Lo has repetido muchas veces: ser reconocido socialmente no solucionaría tu frustración personal. El respeto hacia tus padres —padre y madre— te ha empujado siempre a rechazar un tipo de convivencia íntima que se pareciera al matrimonio. Y estás en lo cierto: ver la humanidad como un conjunto de homólogos, sin descubrir a "los otros" —en tu caso a la mujer como tal mujer—, sea cual sea la causa y la hondura de esa ceguera "cromática", nunca podrá solucionarse escenificando un frente-a-frente de ficción, un juego a los padres y a las madres. Los colores existen también para los ciegos, y no mejoraría la condición de estos si se decidiera hacer un mundo sin color. Por eso siempre me has dicho que a ti te bastaba un respeto social hacia tu vida privada; que el resto —batallas, victorias o derrotas, periodos de rendición o de rebeldía— era cosa tuya y de Dios. Por tanto, querido amigo, no veas en el SOS que intento lanzar un cambio en mi actitud de respeto hacia los homosexuales que sufrís con dignidad y con esperanza la amputación inculpable de esa forma de vivir la condición humana que es el otro sexo. Mi convicción sincera es que la posición que sostengo no sólo os respeta sino que os defiende; no así las reivindicaciones de los lobbys gays. Después añadiré algo sobre este punto pero ya te adelanto que esas reivindicaciones pueden encubrir otros intereses que nada tienen que ver con los derechos de todos al respeto social. Lo que se debería investigar a fondo, con auténtica libertad, sin presiones, sin amenazas, con tiempo, es la naturaleza de la homosexualidad, o mejor, de las homosexualidades (¡las hay tan diferentes!). No me basta que la OMS la eliminara de su lista de enfermedades; y no creas que le quito importancia por el modo fraudulento cómo se llevó a cabo la votación y eliminación. Quizá no sea una enfermedad según los síntomas e indicios (siempre relativos) que la misma OMS establece por consenso. Mi reserva es otra: el que un comportamiento, situación o conducta no sean calificados de enfermedad según el baremo actual de una organización sanitaria, no quiere decir que, automáticamente, deba ser considerada buena y positiva. Hay alteraciones de conducta que no son enfermedades pero pueden ser trastornos, o constelaciones de trastornos; o pueden estar asociadas habitualmente a trastornos o, incluso, a patologías verdaderas. Si mantener que la homosexualidad es un trastorno de la conducta humana puede ser considerado homofobia, en este momento y con toda conciencia me declaro homófobo. Pero si la homofobia consiste —como creo— en rechazar con horror y menosprecio a la persona que sufre este trastorno, me declaro antihomófobo decidido. No me gusta la homosexualidad, no la acepto, la rechazo decididamente; otra cosa es si hablamos de las personas que la padecen. Merecen todo respeto, toda consideración, pero sin engaño. Nunca diré a un homosexual que venga a mí: no te preocupes, acepta tu "condición" y practica el amor a tu modo. Pero si un día fuerais tachados de la convivencia y señalados con el capirote o la estrella de la ignominia, ese día yo y otros muchos, sin serlo, nos pondríamos esa señal en solidaridad con vosotros. Y no hablo de memoria: el rechazo creciente que los homosexuales encuentran en Holanda, su paraíso hasta ahora, puede ser un anticipo de otros más peligrosos producidos por reacción contra el poder excesivo que esos grupos tienen en medios de comunicación y programas políticos, así como por un exhibicionismo social que generará hartazgo y repulsa. Por cierto, un poder que no acierto a explicarme. ¿Es un poder real o hay detrás un poder más real y oculto que los utiliza? La homosexualidad como tal no genera derechos; el derecho a la dignidad y al respeto lo tiene el homosexual por ser humano. No puedo aceptar que la homosexualidad sea algo deseable en la dinámica del ser humano; puede ser estadísticamente un fenómeno amplio (hoy sobredimensionado artificialmente por la propaganda ideológica y el proselitismo de la sociedad rosa); puede ser inculpable (lo es en muchas ocasiones, aunque no siempre); puede haber tendencias profundas (genéticas), condicionamientos primitivos (infantiles) que impidan una reordenación fácil. Todo esto puede darse; a pesar de ello no puedo aceptar la normalidad de la homosexualidad como tal. Los argumentos "científicos" a su favor son muy débiles y, por ese dudoso carácter "científico", permiten lecturas diversas. La razón positiva de mi postura es sencillísima: el ser humano está configurado desde su interioridad más profunda como mujer o como varón. Ser mujer o varón no es sólo una cuestión de formato corporal que se pueda cambiar a gusto del consumidor con la cirugía y el correspondiente complemento de terapias. Pertenece al "ser", no al "sentir" o al "parecer"; no es cuestión sicológica en primer término. Conoces de muchos años la leyenda que sugiero a mis amigos para un hipotético escudo heráldico: "no puedo ser yo sin mi psicología, pero yo no soy mi psicología". O de otro modo más simple: "Yo no soy mi estado de ánimo". No lo soy; me niego a serlo. En efecto: puedo padecer una depresión endógena gravísima, o un trastorno bipolar, pero no soy eso; lo padezco, lo sufro, a veces se apodera de mi personalidad (¡nunca de mi persona!) y altera gravísimamente mi conducta. Puedo pecar gravemente o delinquir; pero no soy ese pecado o delito. Siempre queda un reducto, un repliegue interior que rompe el círculo aunque sea con una acción excepcional: ¡quién sabe si en el cielo sea considerado modelo de abstemios aquel alcoholizado en vida que, gracias a la fe en Dios y al cariño a los suyos, logró heroicamente unos cuántos actos de abstención aunque siempre terminara recayendo y llorando sus recaídas! Debo contar con mi psicología si quiero conocerme y realizarme como humano; no somos ángeles, gracias a Dios. Pero una cosa es contar y otra cosa es identificarse; una cosa es aceptar ciertos rasgos como punto de partida para crecer con tiempo y paciencia, para corregirse hasta dónde sea posible, y otra muy distinta, aceptarlos como definitivos, rendirse, identificarse para siempre sin abrir un proceso de maduración en libertad. "Sentirse o no mujer" no es, automáticamente, ser o dejar de serlo; como "sentirse o no varón" no es, sin más, ser o no serlo. Una psicología superficial o totalizante, que ignore que la persona va más allá de ella, favorecerá sin duda esa "aceptación" cobarde de la homosexualidad como condición personal. Pero, ¿puede considerarse científica una ciencia que ignora sus limitaciones? Gracias a Dios hay sicólogos que saben de su humilde y sabia verdad. Insisto: no soy mi estado de ánimo. Hay días que me siento santo, héroe, querido, admirado, triunfante, capaz; hay días que me experimento fracasado, malvado, odiado, incapaz, cobarde. Mi autoexperiencia, mi estado de ánimo, depende de factores de todo tipo: sociales, químicos, atmosféricos. Pero, ¿quién soy realmente? Ese es otro asunto. Ahí entra el don, la libertad, el tiempo, la espera, la lucha, la gracia, el misterio, la confianza, el perdón... Pues bien: soy varón o mujer antes de cualquier decisión mía, y, una vez que lo soy, sólo frente al otro sexo puedo realizarme como persona. Porque ser varón o mujer entra en el "quién" soy, y no sólo en "lo que" soy. ¿Cómo puede ser normal ignorar corporal y espiritualmente el "frente-a-frente" de sexo diferente que me obliga a descubrir la "cara oculta de la luna", la alteridad más fuerte que está a nuestro alcance? Fíate, querido amigo: eres un varón y hay otro sexo que te llama a serlo; no cierres el camino fabricando un golem irreal; hay gente que no puede practicar su inteligencia a lo largo de la vida entera y, sin embargo, son inteligentes radicalmente y como tal los tratamos. Tendrás que vivir dolorosamente esa virilidad bloqueada que hoy no puedes ejercitar correctamente pero que es lo más hondo de tu realidad personal. Ya, incluso ——me dices— empiezas a ver la luz y a pregustar el fruto del largo camino. No te hundas moralmente si hay algún retroceso; no te desprecies ni te odies; la misericordia va más allá del juicio y sólo Dios sabe de la responsabilidad y del valor de cada hombre porque sólo él conoce su misterio personal; confía y camina. Desde tu lucha puedes ser evangelio y esperanza para otras personas en tu situación o en otras similares. Pero no permitas que te declaren marido-mujer. No lo permitas. Un fuerte abrazo de tu amigo.
2. Conciencia y Democracia
Querido hermano y colega en el sacerdocio: En los días de la muerte de Juan Pablo II y de la elección de Benedicto XVI hemos oído a algunos católicos y a muchos no católicos que la Iglesia tiene que adecuarse a los nuevos tiempos, o sea, a las nuevas pautas sexuales que gran parte de la población profesa y que no coinciden con la doctrina oficial católica. La mentalidad democrática, el respeto a la mayoría, así lo exige —piensan—. Me escribes, desde tu parroquia, recordando conversaciones y anécdotas de aquel momento en que la Iglesia tomó postura en este asunto. Me preguntas, además, si realmente estoy convencido del acierto de aquella decisión. ¿Es que dudas tú? Aquella postura fue la de Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae (1968). ¡Qué momento grandioso! El Concilio Vaticano II había colaborado a crear una atmósfera de libertad y de reforma en todo el mundo. Aunque aun parecía muy fuerte la ideología marxista (maoísmo, marxismo latinoamericano, Vietnam), el interés fundamental de las nuevas generaciones se iba deslizando a marchas forzadas hacia la "liberación sexual". Ahí se situaba la verdadera revolución en curso. Como siempre, los intelectuales europeos no se enteraron y siguieron anclados en la crítica marxista de la sociedad. Por cierto y de pasada: ¿has caído en la cuenta de que las revoluciones han sido fenómenos estrictamente occidentales... y burgueses? Las cuatro más conocidas estaban ya presentes sutilmente en las entrañas de la primera; luego fueron saliendo unas de otras como muñecas rusas: dentro de una revolución están todas las revoluciones posibles aunque de momento no lo parezca y salga sólo un amago; es que la revolución no es un cambio estructural limitado, sino el intento de crear absolutamente una nueva historia desde la destrucción, también absoluta, de la anterior. Revolución religiosa de Lutero —con los extremismos anabaptistas censurados violentamente—; política, de la Revolución Francesa —con los jacobinos finalmente decapitados—; revolución socio-económica de Marx —con las corrientes anarquistas y utópicas más o menos eliminadas— Y faltaba la última, la que movía desde el principio a estas otras, la sembrada en el siglo XIV, la escondida tras la apariencia de las demás, la verdadera revolución, la que tiene como fecha simbólica el mismo año que la encíclica, la de los afectos y relaciones sexuales. Ahí estamos. Clave para su realización práctica, fue la famosa píldora anticonceptiva (anovulatorios); como heraldo había ido por delante el preservativo. Las nuevas tecnologías de la industria farmacéutica facilitaban la separación entre sexo y embarazo en la mujer. La Iglesia había asumido lo mejor de la modernidad en la Constitución pastoral Gaudium et Spes. El programa de Pablo VI (Ecclesiam Suam) se resumía en una palabra: diálogo. El Papa se había reservado la decisión sobre la moralidad de la píldora. Convocó una Comisión asesora de expertos que, al parecer, se dividió en dos tendencias: la mayoritaria a favor de la moralidad de la píldora, la minoritaria —quizá más cercana a los argumentos teológicos— que veía incompatible esa aprobación con las raíces y la tradición cristiana. Oída la comisión, el Papa tomó una dolorosa decisión con toda conciencia y lucidez. Se habría enfrentado a la posibilidad de un cisma si hubiera sido imprescindible: ¿no lo demostró con los integristas de Leffebre? Y de hecho, ¿no hemos vivido en un silencioso cisma interno desde entonces? Pablo VI obraba con libertad y valor como siempre hizo; la moralidad no era cuestión de mayorías sino de conciencias responsables; los votos no deciden la bondad o maldad de una acción. La encíclica Humanae Vitae fue publicada a sabiendas de que ese mundo al que con tanto cariño se había acercado, le rechazaría y se alejaría. Más todavía: con la conciencia de que teólogos y obispos de gran prestigio, protagonistas en el aula conciliar, iban a abandonarle. Y así sucedió. Pablo VI era consciente de las dificultades de la maternidad en muchas circunstancias y de la ayuda que aquel medicamento podía ofrecer a familias humildes. Además sentía pastoralmente la dificultad y el dolor que iba a causar la aplicación a matrimonios con conciencia cristiana; de hecho, animó a las Conferencias Episcopales a que insistieran en la comprensión y en el apoyo pastoral misericordioso. Mas era también sabedor de algo que los demás no veían o no querían ver: la separación entre sexualidad y procreación traería consigo letales consecuencias para la familia, para el individuo y para la sociedad; y no a largo plazo. En efecto: si la sexualidad se justifica por sí misma y no por su potencial creador de vínculo definitivo al servicio de la vida, ¿qué impide que se pueda configurar al gusto de cada uno? La "forma" de ejercer esa fuente de gratificación y de contacto corresponde entonces a las necesidades y gustos de cada sujeto; ningún otro criterio será digno de tenerse en cuenta. Empezaron las relaciones prematrimoniales y algunos "moralistas" dijeron: bueno, al fin y al cabo tienen un proyecto de matrimonio. Siguieron las relaciones sexuales coyunturales y estos mismos "moralistas" añadieron: son expresiones de ternura que sólo los enemigos de la corporeidad pueden ver intrínsecamente malas. Finalmente —para abreviar— se aplicó el criterio sentimental en toda su extensión: Si dos se aman, lo demás es secundario. Y empiezan las comparaciones tramposas y la falsa comprensión: ¿qué es peor, una relación casi obligada entre cónyuges aburridos u otra llena de ternura y aprecio aunque sea fuera del matrimonio? ¿Por qué dos personas del mismo sexo que se aman no pueden intercambiar el signo de la entrega? ¿Por qué no unirse a otra persona, aunque esté casada, si surge un amor sincero y hondo? La sexualidad, concluyen, es polimorfa, se ejercita de mil maneras, y todas son buenas si existe consentimiento, libertad, afecto. Por supuesto son lógicos: si es un fin en sí misma, ¿qué más da la forma o modo de ejercitarla? Basta con que exista libertad entre las partes. Gracias a la "píldora" la mujer empezó a dejar de ser mujer; sí: de ser mujer; empezó a perder su "peligrosidad", su misterio como fuente de vida; comenzó su identificación —que no igualdad— con el varón. Correlativamente, dejó de existir el varón al disolverse su inquietud constitutiva en la sensualidad; por eso abandonó la calle y se refugió en sus padres, de los que, al mismo tiempo había renegado; se desinteresó de lo público, de lo arriesgado; se escondió. El sexo se degradó a "género": cuestión cultural, de costumbres y roles sociales. Hombre y mujer dejaron de verse como realmente distintos y empezaron a ser distantes... y hasta enemigos. La homosexualidad, aunque sea tan antigua como todo lo humano, empezó a ser opción de vida social gracias a la píldora, pues con esta dejó de ser relevante que el acto sexual se realizara entre varón y mujer. Su razón de ser no era ya ni el compromiso vital ni la fecundidad; sólo la gratificación. Se terminaron los grandes amores y las palabras definitivas. Se vetó el verbo "ser", el término con el que el hombre se había atrevido a deslindar lo verdadero de lo falso y a hacerse cargo de lo real. ¿Qué más da lo que sea si gratifica? Si una cosa es factible tecnológicamente y se hace con libertad, ¿para qué buscar tres pies al gato? Y hablando de gatos: "gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones". La frase, atribuida a Deng Xiao Ping, puede ser una buena traducción de esa "razón instrumental" que abre la puerta a un relativismo total. Se trata de ir tirando, de gratificar el momento presente, de hacer menos pesada y dolorosa la vida. De eso y nada más. El camino a la irrealidad está abierto. Y esa situación abrió otro frente: la píldora sólo fue anuncio y profecía de la verdadera "liberación" de la mujer, una liberación que finalmente consistirá en que ya no será necesaria para el nacimiento del ser humano. Mientras la maternidad sea la carga y la atadura de la mujer, las píldoras de todo tipo y la propaganda para que el varón colabore en las tareas domésticas serán paliativos pero no solucionarán de fondo el problema de la desigualdad. La solución final (¡Dios mío!) va por otro lado: vida en el laboratorio, vida para remendar la vida, vida al gusto del consumidor, vida por encargo o por capricho. O sea, muerte. Todo empezó con una píldora milagrosa que "resolvía" el problema pero que sólo era el primer paso de una pavorosa revolución. El nuevo ser humano no será hombre ni mujer, sino hombre y mujer integrados en un individuo creado por la ciencia; el antiguo mito del andrógino hecho realidad. La idea junguiana ("animus" y "ánima"), simplificada y cruzada con la doctrina china del "yin" y el "yang", nos sugiere que en todo ser humano está presente lo masculino y lo femenino y que es cuestión de decisión o de suerte desarrollar más uno de los polos. Todo camino educativo, todo juego, todo lenguaje que diferencie al varón de la mujer, es declarado sexista por la corte suprema del reino de la irrealidad. No supimos ver la defensa del amor y de lo real que realizaba aquel Papa frágil, moteado de indeciso por algunos, y, sin embargo, grande, arriesgado, capaz de asumir hasta el fondo el cáliz que le tocó beber. Creímos que por caridad pastoral, por compasión, debíamos silenciar la doctrina de la Humanae Vitae, y no advertimos que estábamos colaborando a llenar la vida de lágrimas: lágrimas de mujeres abandonadas cuando no servían de estímulo sexual, lágrimas de niños no nacidos, lágrimas de jóvenes que nunca conocerían un gran amor, un amor para siempre. Con los años uno va aprendiendo que la caridad consiste en llorar con los que lloran, pero no en arrebatar las lágrimas a nadie: cada uno tiene derecho a sus lágrimas. Hay una falsa caridad que no nace del amor respetuoso y solidario, sino del terror hacia la imperfección y el sufrimiento de los otros; esta falsa caridad genera mucho más sufrimiento. La píldora dejó a Europa sin niños, abrió puertas al aborto como derecho (porque la píldora fallaba o se olvidaba), introdujo un tipo de homosexualidad diversa a la que había existido hasta entonces, abrió puerta a las manipulaciones genéticas incluida la clonación. Me he preguntado muchas veces y sigo preguntándome: ¿qué escenario histórico y cultural se habría producido si el dinero y los medios de comunicación hubieran ayudado a ver como digna y posible una castidad libremente asumida por amor a alguien; si hubieran optado por educar los instintos desde una concepción más armoniosa del cuerpo y de la sexualidad? El momento cultural estaba preparado para un paso grandioso y digno; veinticinco siglos de ascesis y un siglo de autocrítica correctora de sus excesos puritanos. ¡Lástima que el recuerdo de una represión sexual, real pero ya en franco declive, avivado y mitificado por motivaciones innobles, olvidara todo lo conseguido en ese esfuerzo! ¿Qué hubiera ocurrido si las grandes multinacionales farmacéuticas hubieran apostado por otras inversiones, por ejemplo, por vacunas contra la malaria o por fortalecer la sanidad del tercer mundo con medicamentos económicos? Pero estaban ante uno de los mayores negocios de la historia; no iban a desaprovechar la ocasión. Si se hubiese respetado la doctrina de Pablo VI, ¿se habría despoblado Europa?, ¿Hubieran estallado tan sin control ni medida las terribles migraciones actuales?, ¿Habría triunfado el neocapitalismo salvaje que convierte a todos en consumidores de sensaciones, hipotecados de por vida a los bancos? Y otras preguntas que nadie querrá hacerse: ¿tendríamos hoy un mundo enfermo de SIDA? ¿Se habrían abierto países y continentes a la prostitución masiva, a la pederastia organizada para vacaciones exóticas? Hago un ejercicio de imaginación y trato de ver cómo habría sido la historia de estos cincuenta años si, en aquel momento, el mundo —en sus líderes morales e intelectuales— hubiera aceptado la doctrina de Pablo VI y hubiera emprendido un camino de educación para dignificar el matrimonio y, al mismo tiempo, controlar humanamente la natalidad. Pero no; se tomó el camino fácil, el que no requería esfuerzo personal, el atajo sin salida histórica. Roto el vínculo, la sexualidad se liberó para producir la adición más esclavizadora, quizá, de toda la historia humana. Hoy, con una maldad cercana a lo demoníaco, algunos se atreven a culpar a la Iglesia de que el SIDA se extienda en África: porque en vez de repartir preservativos, se hace cargo directamente de uno de cada cuatro contagiados y educa en la vida matrimonial y familiar, en la dignidad humana. ¿No te resulta muy llamativo que en las campañas preventivas se ignore sistemáticamente la posibilidad de una cierta y comedida abstención, al menos como camino complementario? ¡Ni siquiera eso! ¿Quién teme que la población posea un grado de autocontrol libre y liberador? ¿A quién perjudica ese autodominio posible? Tanta falsedad repite la calumnia de la pretendida comprensión eclesial con el nazismo: las democracias han olvidado que fueron ellas y sus grandes empresas quienes alimentaron económicamente a la bestia nazi mientras era un cachorro, con el fin de detener el marxismo que se apoderaba de aquella Alemania hundida por la guerra, y humillada y arruinada por los vencedores. Recuerdo un chiste del anticlericalismo ingenuo de los cincuenta: en un departamento del tren viaja un matrimonio, un joven estudiante y un cura ensotanado; pasan un tunel y, en la obscuridad, suena un fuerte beso y una más sonora bofetada. Vuelve la luz, se miran en silencio. Piensa la señora: "¡qué beso me ha dado ese joven sinvergüenza y que bofetada le ha dado mi marido!" Piensa el esposo: "¡que beso le han dado a mi mujer, pero que bofetada le ha dado ella al aprovechado!". Piensa el cura: "la señora, ofendida, ha dado una bofetada a voleo y me ha tocado a mí". Piensa el estudiante: "¡Vaya beso que le he arreado a la mujer y que bofetada le he soltado al cura para disimular!". Por ahí van las cosas. ¿No te parece que tenemos que asumir de una vez la posición "políticamente incorrecta" que nos corresponde, aunque nos quedemos solos... con Pablo VI? ¿Solos? Aquellos "moralistas" nos dijeron que ya estaba bien de calificar actos aislados, que lo importante eran las actitudes globales; pero hundidos en el pozo de las actitudes subjetivas, ignoraron el problema histórico objetivo y sectorizaron un aspecto. ¿Puede hoy un católico decir que la Iglesia en estos asuntos tiene que cambiar y adaptarse a la cultura moderna? Pero, ¿de verdad aun nos tragamos esa rueda de molino? Que Dios bendiga tu tarea sacerdotal; Él te acompaña. Un abrazo.
3. La lengua de las mariposas
Querido profesor: De nuevo me hablas, angustiado, de tu preocupación por la enseñanza, por esa ley en curso de preparación, por la disciplina en las aulas, por el fracaso escolar... Una vez más. Y te confieso que me siento agobiado no tanto por lo que cuentas (gravísimo por cierto) cuanto por haberlo oído centenares de veces a distintos profesores. Tengo la impresión de que hay una enorme distancia entre lo que públicamente manifestáis los docentes (que no es nada) y lo que en privado decís (que es mucho). ¿Tenéis miedo a decir públicamente lo que en privado confesáis con tanto dolor y tanto dramatismo? ¿Miedo a qué, a quién? ¿Hasta ese punto sufrís la censura de "lo políticamente correcto"? Porque, repito, estoy cansado de oír siempre la misma cantinela: "la situación escolar se degrada aceleradamente", "impartir clases hoy es poco menos que imposible", "me paso la clase tratando de imponer un cierto silencio", "tengo miedo a algunos alumnos", "no me siento libre para evaluar", "ya no son capaces de aprender"... Pero no veo esto reflejado en los medios de comunicación. ¿No tenéis sindicatos? ¿No gozáis como gremio de cultura e independencia para hablar con rigor a esta sociedad y a sus representantes políticos? Me gustaría que te explicaras sobre este punto. Y perdona este comienzo. Ten la certeza de que comprendo tu desilusión vocacional. El problema de la enseñanza en sentido amplio (formación de la juventud) es el primer problema de la sociedad española, el radical. Y está mal afrontado; por decirlo con suavidad. No se trata solo de los planteamientos de una determinada ley de educación. Es algo más complejo, más hondo, más básico, lo que está podrido y genera podredumbre. Ya sabes que es un asunto fundamental para mí: mi familia se ha movido en el campo de la enseñanza; yo llevo en él más de cuarenta años. Te explico, brevemente mi visión del asunto. La escuela como tal —en sus raíces premodernas— es un producto y un presupuesto de la ciudad, de la ciudad griega y de la ciudad medieval: de la ciudad occidental en una palabra. La ciudad occidental, racional y cristiana, es compleja y unifica dimensiones diversas y autónomas. Frente al mundo oriental, mucho más tribalizado, donde el clan mezcla y confunde la vida privada y la pública, la occidental está construida para diferenciar y relacionar la esfera íntima y la vida política. Por eso distingue nítidamente la calle del hogar. Calle abierta que desemboca en la plaza abierta, en el ágora; calle donde todos conviven como ciudadanos sujetos a la norma (nomos griego, fuero medieval). Hogar donde la familia acoge la vida nueva en privacidad y sienta las bases de la persona no tanto en el derecho cuanto en el afecto gratuito, en el "porque sí". La casa, el hogar, es el ámbito de la maternidad y entraña la vida humana en entrañas humanas. De ahí surgen lazos peligrosos por lo intensos que son y por los sentimientos tan complejos que generan, pero grandiosos por el reconocimiento y la relación hondísima que hacen posible. Entre la casa y la calle media un espacio humano que forma parte de ambas: la escuela; con un profesional autónomo y prestigioso: el profesor o maestro. El maestro amplía la posible angostura de la familia, modera los sentimientos absorbentes, corrige las tendencia endogámicas al abrir al sujeto al mundo de las ideas universales, de las ciencias; permite una memoria suprafamiliar y racional que facilita la convivencia política; la calle deja de ser selva cuando la escuela, como buen puente, la separa y relaciona a la vez con el hogar. Son las tres autoridades ciudadanas anteriores a los tres poderes de Montiesquieu: padres, maestros y gobernantes. Tanto los buenos padres como los buenos gobernantes (¡no los absolutistas!) respetaron y favorecieron la tarea de los maestros, y procuraron la selección acertada de estos. Las revoluciones, por el contrario, terminaron levantando poderes que sustituían a las autoridades. La revolución no quiere transiciones y por eso corta los puentes... y la escuela es puente. Gracias a Dios y a Montiesquieu, dividieron esos poderes nacientes para evitar su concentración. Pero, aun divididos, crecieron a costa de eliminar a unas autoridades cada vez más des-autorizadas. La calle —el político y la política— invadió escuela y hogar, los "politizó" eliminando su identidad, su autonomía, su privacidad, su derecho a existir por sí mismos. Para los políticos post-revolucionarios, que se han apoderado de toda autoridad, todo es calle: la vida se gesta en la calle, la inteligencia se ejercita en la calle, dios es la calle y quien se apodera de la calle es dios; la escuela es calle y el hogar es calle. ¿O crees que es casual y anecdótica la famosa "solución habitacional" de treinta metros cuadrados? Si así lo crees, te equivocas; ese nicho tiene mucha lógica, es todo un símbolo aunque espero que inconsciente: donde no hay maternidad, donde no se gesta una intimidad, donde no existe familia, ¿qué sentido tiene una casa de verdad? Jugar a las bodas y jugar a las casitas: coherencia perfecta. Se ha destruido la ciudad, cuna de las libertades. A la "muerte del padre" ha seguido la "muerte del maestro". En la calle como único espacio humano no tienen sentido ni padres ni maestros. El maestro, muy a su pesar, ya no es nada, no existe. Quieren que exista el funcionario de la administración de enseñanza; experto en informes, diseños curriculares, auto y heteroevaluaciones. Un burócrata que funcione según las instrucciones (escritas) de la burocracia central o autonómica o local. Por eso, hoy más que nunca, hay que agradecer a muchos profesores, y a no pocos dirigentes de la educación (inspectores, delegados, pedagogos), que se resistan a esa muerte y que superen las angosturas del sistema a fuerza de humanismo y vocación. No lo tienen fácil. Me preguntas que dónde puede estar el origen de este proceso. Te respondo: si queremos investigar las causas remotas habría que desandar un largo camino y bucear en los cimientos ideológicos de esas revoluciones; pero si lo que me preguntas es el punto de arranque concreto de nuestra situación española, te diré mi opinión. El origen de la muerte del maestro está en la pretendida "democratización" de la enseñanza que impusieron las normas del primer gobierno socialista. No entro en las opciones pedagógicas, que no son otra cosa que el presupuesto y el resultado de esa "democratización". La escuela, a lo largo de veinticinco siglos se basó en la autonomía de este profesional venerado (nunca bien pagado) que era el maestro, el profesor. Las corrientes secularizadoras de la Segunda República española hicieron de él, el sacerdote de una nueva religión concebida como cultura. Y ennoblecieron su figura vocacional; lo sé de buena tinta porque mi padre fue uno de esos maestros. Sin embargo, quienes pretenden ser herederos ideológicos de aquella República, han terminado con el maestro. La conocida película "La lengua de las mariposas", en versión rigurosamente actual, no terminaría con el maestro subido en el camión de los fascistas, sino aplastado por resmas de papel e incomprensión de padres y políticos. Pero no temas: ningún cineasta hará esta versión. La escuela se "democratiza", o sea, en mentalidad de los promotores, se libra de la autoridad del maestro. Hay que respetar a los padres: magnífico. ¡Y a los hijos!: mejor. Pero los padres, cada día más desunidos y dispersos, van perdiendo el control de los hijos; estos terminan entregados a sus caprichos. Al final el profesor queda a merced de unos alumnos que han perdido la condición de discípulos, que no quieren ni pueden serlo, que no le respetan ni siquiera como persona. Agresiones verbales (¡o físicas!) de padres y alumnos, insultos. Si desea corregir la conducta de un alumno, tendrá que buscar testigos, dado que los padres darán fe a la versión del hijo ("mi hijo nunca miente") y mirarán al maestro como a un acosador del niño ("le ha cogido manía"). El profesor, el antiguo maestro, se convierte con demasiada frecuencia en cliente del psicólogo o del siquiatra; espera impaciente la llegada de los sesenta años para huir de lo que antaño fue un lugar de paz. Ya no le agradecerán con un presente sus esfuerzos, ya no pondrán su nombre a una calle del pueblo, ya no será recordado por toda una generación, ya no le visitarán en la vejez sus antiguos alumnos para decirle que por él han llegado donde han llegado. Des-autorizado el maestro, o sea, muerto como maestro, la muerte le llega después al alumno. Desaparece la relación afectuosa entre maestro y discípulo, una relación casi paterno filial que duraba decenios. El alumno queda indefenso frente a los compañeros de más edad o de mayor agresividad. Cuando la autoridad legítima queda desarmada, los peores marginales imponen su ley a los débiles. Comienzos de curso y fiestas con presencia de la policía en la entrada de más de un centro de enseñanza; excursiones que ningún profesor quiere acompañar por el peligro que encierran; agresiones no excepcionales que ya vienen de lejos y que empiezan a airearse cuando provocan muertes. Los padres impotentes y angustiados; pero esos padres han colaborado con una Administración ideologizada a "asesinar" al maestro. Ahora encuentran que las víctimas son sus propios hijos. Eso sí: que no se castigue a ningún predelincuente escolar; que no haya expulsiones; que no se repita curso; que se apruebe a todos a ser posible. El maestro va a su trabajo sin ilusión, con miedo. El alumno está indefenso; le pegarán una paliza sus compañeros, o le utilizarán para la iniciación sexual, o le captarán para prácticas aditivas... Y el maestro lo sabe pero nada puede hacer; bastaría con le devolvieran la autoridad para que sobrara la policía en el entorno escolar. Pero eso no se hará: es antidemocrático. Mientras tanto, algunos geniales gurús de la pedagogía —no todos por suerte— lo "resolverán" todo con llamadas motivadoras. ¡Ah, la motivación! El chico no estudia: no está motivado. Es un sinvergüenza: no está motivado... ¿Todavía estos expertos no se han enterado de que para recibir motivación y transformarla en acción, es imprescindible un esquema receptivo en la inteligencia que sólo se adquiere con el lenguaje y las matemáticas, más un desarrollo de la voluntad que sólo es posible con un hábito de esfuerzo y de superación? ¿No se han enterado que existe la libertad y que cuando alguien no quiere querer, no quiere? ¿Tontos de remate o locos malvados? Folletos y conferencias sobre el alcohol pero se sigue expendiendo a deshora para consumo nocturno de adolescentes; o se facilita por instituciones en las fiestas del pueblo o en los carnavales. Charlas "informativas" sobre sexualidad, en los centros, y el sábado por la mañana cola de adolescentes en la farmacia. Anuncios publicitarios moralizantes que no sirven para nada por lo que las estadísticas sobre drogas nos dicen. ¡Cuánta hipocresía! ¡Y cuánta violencia se está sembrando! Nuestros muchachos pierden la ilusión porque ni en la casa ni en la escuela se les ha preparado para el esfuerzo; no tienen cimientos para construir, lenguaje para aprender, esquemas donde guardar; se parecen a una biblioteca con miles de volúmenes amontonados por falta de estanterías y fichas. La frágil capa gris de sus jóvenes cerebros está sin formar (la forman las redes de palabras, de sentimientos, de ideas) y, además, está agujereada por ritmos enloquecedores, agresiones ópticas de luces cegadoras, alcohol, pastillas y otros factores. Los estímulos que llegan del exterior no son filtrados y humanizados por esta "capa gris", y el "suelo cerebral" (ese "paleocerebro" soterrado que solo sabe de hambre, miedo, agresividad y deseo sexual) se recalienta y explosiona en conductas destructivas. ¿Se puede hablar de genocidio de la juventud occidental? ¿Es una exageración? Pregunten a padres de adolescentes, sumen cifras de accidentes de fin de semana, muertes por drogas, suicidios juveniles, agresiones escolares, y quizá no vean estas palabras tan excesivas. Pero, ¿quién quiere hablar de esto en serio y con datos? El periodismo de investigación mira hacia otro lado porque su investigación es parte de la lucha por el poder. ¡Qué pena! Termino: dos pasos (que no puedo creer) certificarían la voluntad consciente de invadir la escuela definitivamente y convertirla en calle, o mejor, en selva: La apropiación por la Administración del derecho a elegir centro, constituiría el golpe de gracia a la enseñanza que llaman privada, y, en consecuencia, obtendría el dominio total sobre la escuela; se completaría la desamortización de estos centros escolares y la estatalización absoluta de la educación. El segundo paso sería, hipotéticamente, la implantación de una asignatura obligatoria sobre valores de la convivencia, que, si deja su orientación y contenidos a ciertos grupos, podría convertirse fácilmente en una "Formación del Espíritu Nacional-Tolerante"; si así fuera —confío en los políticos serios para impedirlo— constituiría signo inequívoco de un intento consciente de poner el aparato burocrático al servicio de un totalitarismo ideológico. Y si se llegara a este punto, habría que plantearse en serio cómo salvar a los hijos de tamaña manipulación. Seguramente aparecerán en un futuro cercano redes de movimientos y grupos familiares que vuelvan a hacerse cargo de la educación de sus hijos sin mediación estatal, y reenvíen a los políticos a la calle, a la política. Un "Naza-red" —hogares dispersos pero unidos en un Nazaret espiritual— extenso y solidario que permita recuperar el hogar y la paternidad, hoy robados y suplantados. ¿Valdrá la pena mantener los colegios religiosos si se ahoga su identidad? ¿Se lanzarán los consagrados cristianos a una enseñanza gratuita, correctora de la oficial, que sirviéndose de los periodos no lectivos y de los nuevos medios de comunicación pueda contrarrestar esta posible dictadura? O quizá algo más fuerte aun. Ya en algunos Estados de U.S.A. hay casos no excepcionales de familias que han asumido directamente la enseñanza de sus hijos. ¿En Europa sería impensable? ¿Cabe una objeción de conciencia acompañada de objeción fiscal contra la enseñanza estatalizada? ¿Por qué unos padres han de entregar sus hijos a instituciones cada vez más degradadas, llenas de violencia y no educativas? ¿Por qué han de permitir que unos burócratas determinen la orientación de sus hijos desde la cuna casi? ¿Será preciso ir a los tribunales internacionales para conseguir este derecho? ¿Habrá que reformar la Constitución? Son muchos los interrogantes que esta situación suscitan; con mucha serenidad, inteligencia y valor, los cristianos debemos colaborar —dentro si nos lo permiten, fuera si nos echan— a recuperar la escuela, el maestro y el discípulo. Perdona el dramatismo pero es preciso decirlo. La brevedad de una carta me expone a ser rechazado por simplista, por falta de datos, por exageración. Tú eres padre además de maestro; conoces la enseñanza desde hace muchos años y has seguido su evolución al tiempo que has vivido y trabajado. ¿Qué piensas? Me interesa mucho.
4. Aunque no seas creyente...
Querido amigo: Me atrevo a escribirte porque estimo que el problema que nos atañe no es un asunto de creyentes sino de seres humanos sin más. Eres un humanista universitario; conoces la historia de nuestra civilización; eres un hombre de izquierdas libre e independiente. Estás en condiciones de contemplar el conjunto de proyectos que constituyen la hoja de ruta del progresismo actual: matrimonio homosexual, aborto libre, divorcio automático, píldora poscoital para menores, desarticulación de la familia y de la escuela, clonación, eutanasia, etc. Me parece que llega la hora de que todos demos la cara y publiquemos lo que nuestra conciencia nos dicta; no dejemos a la jerarquía eclesiástica algo que desborda con mucho los asuntos confesionales. No nos echéis de nuevo a los cristianos en brazos de un partido político; no es bueno para la democracia ni para la religión. Y sobre todo: no permitáis que los grandes valores humanos sean apropiados, interesada y fanáticamente, por locos extremistas; cuando callan los "hijos de abraham" gritan las piedras. Tú nunca has temido a los círculos endogámicos de la universidad, ni al poder de los grandes medios, ni a las presiones del partido. La lucha contra el nazismo fue compartida por cristianos, comunistas, liberales, judíos. Hay momentos en que las diferencias no importan nada porque lo que está en juego es la dignidad humana. La cuestión es: ¿estamos en una situación tan dramática? Sinceramente: yo confío y deseo que no; tengo la esperanza de que quienes promueven estos "avances" lo hacen porque no ven todavía sus consecuencias multiplicadas por acumulación; perciben asuntos aislados, "avances" puntuales de una libertad mal entendida, vías para captar votos y activistas, y no adivinan su unidad interna, su pertenencia a un gran fresco grandioso y maligno. Da la impresión de niños que juegan con bombas. Rezo para que cuando se enteren aun sea tiempo de frenar el proceso. Pero también te confieso que empiezo a tener miedo. Y creo que no soy yo solo. En su libro "Memoria e identidad", Juan Pablo II deja notar su temor acerca de la emergencia de nuevas formas estatales de maldad similares a las que él vivió y sufrió (nazismo y estalinismo). Hace años, en Denver acuñó la expresión "cultura de muerte". Me pregunto: ¿forman estas aspiraciones aisladas, a las que venimos refiriéndonos, un proyecto unitario? ¿Pueden llegar a formarlo? ¿Empujaría su combinación a un nuevo totalitarismo, más sutil, larvado, suave, pero más inhumano todavía que los del siglo XX? Te invito a recordar tres núcleos de pensamiento que a mi juicio se cruzaron y entretejieron hasta formar una tela de araña que envolvió de maldad al ser humano. Primer núcleo: En las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, partió de Inglaterra una doctrina que tuvo fuerte influjo en el pensamiento racista europeo, incluido el nazismo (¡pero no sólo!). Se trata de lo que llamaron darwinismo social. No entro ni salgo en si Darwin estuvo en su origen o si, por el contrario, se produjo y extendió en contra de sus sentimientos e ideas. Los estudiosos no se ponen de acuerdo; para mí, en lo que ahora nos atañe, es indiferente. Consistía en el intento de traspasar a la sociedad el modelo biológico de evolución mediante el nexo de la lucha por la supervivencia del más apto. Cierto que esta terminología no es original de Darwin sino que procede del filósofo y economista Herbert Spencer. También es cierto que el promotor de ese darwinismo social no fue Darwin sino su pariente Sir Francis Galton. Este último es considerado el padre de la eutanasia. Venga o no directamente de Charles Darwin, esta tendencia que se llamó darwinismo social tuvo un gran influjo en leyes que promovían la eutanasia, años antes del nazismo, en Inglaterra, Francia y, sobre todo, en algunos Estados de EE UU (también después de la guerra). Su huella en numerosos etólogos y sociobiólogos (piénsese en el premio Nóbel Konrad Lorenz) es palpable. Tampoco escapan del influjo algunos paleontólogos que tratan al ser humano como mera carne de evolución ciega, y sueñan con controlarla "científicamente" en el futuro. La idea de que con el descubrimiento de la evolución, el hombre ha llegado a su adultez, y puede y debe por ello hacerse cargo de su configuración futura, conduce a "prácticas eugenésicas" muy variadas, y hoy más sutiles y "limpias" que ayer: manipulación de células embrionarias, clonación en diferentes grados, eutanasia pedida o impuesta, etc. Por supuesto, deseo dejar claro que el evolucionismo, en sus líneas básicas, es una teoría científica seria, no incompatible con un creacionismo teológico también serio; no me apunto al fundamentalismo de algunos grupos cristianos norteamericanos; pero el darwinismo social me parece anticientífico, peligroso y en trance de renacer. Segundo núcleo: El evolucionismo social tenía un freno, el mismo de todas las revoluciones anteriores: la familia. Ni la política ni la ciencia podían invadir la esfera de intimidad familiar. Pero en 1900 sale a la luz un libro de un médico vienés: La interpretación de los sueños, de Sigmond Freud. Ese libro inicia una revolución en la psicología y en la cultura. Teniendo en cuenta que Freud es un iniciador genial, a veces poco preciso o ambiguo, no es fácil separar con seguridad lo que es estrictamente personal (suyo) y lo que corresponde a su "escolástica" (interpretes ortodoxos y heterodoxos, divulgadores, mediaciones artísticas...). Lo cierto es que la intimidad más íntima emerge públicamente, las relaciones paterno-filiales caen bajo sospecha, y leída esta corriente dinámicamente (no en un libro o autor aislado sino en su desarrollo a través de discípulos y de divulgadores) la madre queda muy malparada, más que el padre a pesar de las apariencias. Los complejos edípicos y similares delatan una culpable de fondo: la madre, la gran seductora objeto del deseo y fuente de sentimientos descontrolados. Mediante la técnica del psicoanálisis el lenguaje se convierte en terapia liberadora y la palabra, espontánea, pierde la "pietas" filial, el respeto amoroso que siempre tuvo: ya nada es tabú, antes al contrario, el héroe y profeta es ahora el trasgresor del lenguaje, el deslenguado, el escandalizador de la burguesía. La trasgresión se convierte en arte y el artista en maestro trasgresor. La literatura tomará este camino —lenguaje grosero y casi porno— y el cine lo magnificará; los jóvenes lo harán suyo. De esta atmósfera social emerge un hombre que habla constantemente de su intimidad sexual hasta hacerse un adicto a ser escuchado; del diván del siquiatra pasa al sillón de los programas basura de televisión, donde, además, pagan. La intimidad familiar y afectiva se vende, se mancilla, se prostituye. Advierto que no culpo de nada de esto directamente a Freud, ni al psicoanálisis como tal. Los iniciadores nunca lo son del todo y nunca son la causa única de lo que se les atribuye; quizá él mismo fuera un puritano. Me limito a señalar puntos de arranque de procesos que luego desembocan —y no casualmente— en el mismo mar. Un tercer impulso entra en liza, quizá, incluso, antes que los anteriores. Se trata de aquel liberalismo económico sin trabas que reducía las relaciones humanas a competitividad mercantil. Al parecer no está lejos, esta mentalidad economicista, de la gran acogida que tuvieron en el mundo inglés las teorías darwinistas en sus aspectos menos científicos y más inhumanos. La ley de la supervivencia del más apto empieza a ser un postulado de todos los ámbitos o dimensiones de la vida, pero sobre todo en el económico. Quienes ven en el nazismo el único movimiento que excluyó la misericordia de la relación humana, olvidan este ambiente de finales del XIX y comienzos del XX que germinó en las democracias europeas. ¡Qué bueno que haya bestias para sentirnos aristócratas! Es algo muy complejo, que habría que matizar, y me remito a tus conocimientos. Sólo te recuerdo que con el siglo XX, ese capitalismo asentado y reforzado en EE UU se representa en dos personajes-símbolo: Henri Ford y Frederick W. Taylor. Uno creador y otro teórico del trabajo en cadena tan genialmente satirizado por Charles Chaplin en su película Tiempos modernos. No era fácil captar los peligros que anidaban en la posible confluencia de estas tres corrientes: darwinismo social, exposición pública de la intimidad, y capitalismo salvaje. Una persona, sin embargo, gozaba de "información privilegiada" y de formación literaria para expresarlo. Se trataba de Aldous Huxley: nieto de Thomas Henry Huxley, compañero y defensor de Darwin; hermano de Julián Huxley, gran biólogo, evolucionista, y primer director de la Unesco (parece que de él procede la iniciativa de defender Doñana). Por cierto, este último escribió en "Nuevas Botellas para Vino Nuevo": "La especie humana puede, si así quiere, transcenderse a sí misma, no sólo enteramente, un individuo aquí de una manera, otro individuo allá de otra manera, sino también en su integridad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esa nueva creencia. Quizás transhumanismo puede servir: el hombre sigue siendo hombre, pero trascendiéndose a sí mismo, realizando nuevas posibilidades de, y para, su naturaleza humana." Aldous habría oído, desde niño, los sueños prometeicos sobre el futuro del hombre de sus sabios familiares; conocía, además, el capitalismo anglosajón. En su fábula titulada El mundo feliz une con gran imaginación los tres impulsos: La destrucción de la familia y, especialmente, de la madre; la producción en cadena (taylorismo) sin conflicto gracias a las nuevas castas; la procreación en el laboratorio, al margen del encuentro hombre-mujer, y conducida por el estado. El signo "T" sustituye a la cruz cristiana en esta nueva religión. Es la Nueva Era, la "fordiana". Un mundo feliz, una nueva era de paz social y de satisfacción de todas las necesidades. Pero, ¿cuál es el eje fundamental de la novela, cuál la intuición básica? La desaparición y olvido de la maternidad, el recuerdo asqueado de la misma como si de algo muy bochornoso, incestuoso, grosero, peligroso, se tratara. Un mundo "feliz" es un mundo sin madres, un mundo que odia la maternidad mucho más que la paternidad. Tiene mucha lógica. Los cristianos veneramos a María, la madre de Jesús, porque la vemos imprescindible en la humanización de Dios; la madre marca el límite interno sin el cual no hay hombre; sin ella el Verbo no sería humano, no recibiría antes de nacer, la historia trágica de la humanidad, una historia hecha carne y sangre. Algún día te hablaré más despacio de esto. Aldous Huxley se ha dado cuenta de algo elemental que, sin embargo, no es captado por muchos intelectuales, ni siquiera cristianos. La profunda relación que existe entre la sexualidad, la economía y la organización social. Todavía hay quienes toman como bandera el cambio social y desprecian a quienes se ocupan de defender las fuentes de la vida; y existen quienes defienden las fuentes de la vida con pasión sin caer en la cuenta de su profunda conexión con la organización del trabajo, el reparto de la riqueza, etc. Juan Pablo II predicaba ambas dimensiones al unísono, y muchos lo interpretaban como una cierta esquizofrenia ideológica: avanzado en lo social, conservador en lo afectivo-sexual —decían—. ¿No estará haciendo falta urgentemente que los entendidos nos muestren esa conexión de fondo? Huxley lo noveló con lucidez; Marcuse, en su línea, también lo percibió aunque lo resolviera con poco acierto. Tampoco los cristianos, me temo, hemos logrado verlo y seguimos predicando "a dos voces"... y desafinando. Pero salgamos del paréntesis. El nazismo cayó tras una cruel guerra en 1945. El marxismo soviético se derrumbó con el Muro en 1989. Ambos fenómenos no fueron más que consecuencias dictatoriales, "incivilizadas", salvajes, de algo más hondo que quizá no esté extinguido; es posible que se talaran los árboles pero pervivieran las raíces, unas raíces que se concretan en el sueño del transhumanismo. Así se llama esa corriente que toma el término, seguramente, de Julian Huxley. Una tendencia que aun no es masiva ni tiene prestigio social, pero, como denuncia últimamente Francis Fukuyama, hay muchos científicos y políticos que sin pertenecer a ella formalmente, sí caminan en esa dirección. Y sectores del mundo financiero, de los medios, y de los centros de poder, legitiman y apoyan el sueño. Se sueña con la inmortalidad mediante la ingeniería genética y la tecnología cibernética; no sólo de mejorar la calidad de vida, sino de crear otro modelo de vida distinto del hasta ahora humano. "Transhumanos", "metahumanos": ¿por qué no "superhombres"? ¿O in-humanos? La pregunta inevitable hoy es esta: con un instrumental científico y psicológico mucho más potente que el que Huxley intuía, ¿no estamos caminando estúpidamente a la tiranía de ese mundo feliz y horroroso, ingenuamente demoníaco? Si así fuera y en la medida que lo fuera, todo hombre o mujer que tuviera conocimiento del riesgo estaría en la obligación moral, cualquiera fuera su credo, de oponerse públicamente y de unir esfuerzos para evitar la nueva emergencia de Sauron. Perdón por la alusión, pero Tolkien era un profundo cristiano que había atisbado la sombra del mal profundo en las dos guerras mundiales. Le traigo a colación porque no deseo despertar odio contra los promotores de este camino, sino todo lo contrario; solo el pequeño vence al Anillo. Vencer es convencer, y deseo que muchas personas, creyentes y no creyentes, se percaten del peligro y convenzan a otros muchos. Es lo que espero de ti, querido amigo. Un abrazo.
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