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Carta a un joven Día del Seminario 2004 Querido amigo: En esta ocasión deseo dirigirme especialmente a ti, joven y varón, que estás buscando tu lugar en la vida con el propósito de ser feliz. A ti, muy en particular, va dirigido el lema del Día del Seminario para este año: "Mayor felicidad hay en dar que en recibir". Es una frase que Pablo atribuye a Jesús aunque nuestros evangelios no la recogen. La ocasión es la Jesús aunque nuestros evangelios no la recogen. La ocasión es la conmovedora despedida del Apóstol ante los presbíteros (los curas) de Éfeso. Pablo ha decido, llevado del Espíritu Santo, que debe dar la cara en Jerusalén ante los hermanos judeocristianos y ante los judíos mismos; se siente calumniado y perseguido, y juzga necesario que le conozcan de verdad, que le oigan. Sabe que es muy peligroso, tiene la casi certeza de que va a morir. En la playa de Mileto, antes de embarcar, reunidos los presbíteros de la ciudad y presintiendo que la despedida era definitiva, les dirige un discurso entrañable que viene a ser como su testamento pastoral; al final les pide que no sean ambiciosos y pronuncia la frase que es el lema de este año: "Mayor alegría (o felicidad) hay en dar que en recibir". En aquella ocasión en que Pedro se resistió a seguir a Jesús hasta Jerusalén (hasta la muerte) y el Señor tuvo que regañarle con dureza: -"¡Quítate de mi camino, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mc 8, 33)-, pronunció unas palabras que se parecen mucho a las del lema: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 34-37). La felicidad, vinculada al seguimiento de Jesús, consiste en "perder la vida", en darse, en perderse. Hay un momento de la vida en que Dios nos pide usar todo el potencial de nuestra libertad (liberada y potenciada por el Espíritu Santo) para tomar una gran decisión: la decisión de entregarnos, de darnos, de dejar absolutamente nuestro cuidado en sus manos. Cuando hablamos de la vocación al sacerdocio ministerial, no ofrecemos una opción profesional entre otras; tampoco nos limitamos a invitar a hacer el bien a los demás. La Iglesia ofrece otra cosa muy distinta que sólo ella puede ofrecer (en nombre del Señor) y que sólo quien esté muy abierto a la palabra de Dios tiene capacidad de oír y aceptar. Ofrece la gracia que hace posible dar la vida, entregarla como cheque en blanco. Ofrece la posibilidad, fundada en la gracia, de desvivirse, o sea, de hacer de la propia vida un instrumento para que Jesús ejerza su sacerdocio eterno a favor de los cristianos y de todo el mundo. No sé explicarlo mejor, y lo siento. Estoy seguro que alguien (ignoro quién) leerá y entenderá, pensará que la carta ha sido escrita para él. Así que "lo dicho, dicho está, y "quien tenga oídos para oír que oiga y decida". Los demás, recemos y acompañemos en el silencio de la fe.
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Los ataques a la Iglesia: ¡No pierdas la paz! Querido amigo: Tu última carta refleja cierta ansiedad ante los crecientes ataques que la Iglesia recibe, y ante la pasividad de tantos que se tienen por cristianos. Estás un poco desconcertado y, al mismo tiempo, irritado. ¿Habrá algo de verdad en esas calumnias? ¿Por qué ese afán de herir los sentimientos religiosos? ¿Se consentirían en nuestro país insultos contra el Islam o contra Mahoma, su fundador, como se prodigan contra lo cristiano? ¿Pagarían unos budistas o unos musulmanes para ver una película o una obra de teatro, o para leer una novela, que ridiculizaran y difamaran sus creencias más queridas y sus santos más venerados? Lo primero que deseo trasmitirte es la Paz del Señor. No tengas miedo. Jesucristo, el Viviente, dirige la historia contando con la libertad de los hombres, incluso con el pecado; y la dirige hacia el Padre, hacia la comunión y la paz. Puede que se avecinen, que ya estén aquí, tiempos duros, pero todo eso es anecdótico para un cristiano. Me hablas de ese engendro literario, El Código Da Vinci, que presenta al Opus Dei como una organización criminal y a la Iglesia como la gran falsificadora de la "verdadera historia" de Jesús. Repito: no te asustes aunque te duela; escupen a la luna. El que se escriban semejantes infundios no es extraño. Como creo que dicen que dijo Juan Belmonte cuando le presentaron a D. José Ortega y Gasset como filósofo: "tié qu’haber gente pa’tó". Más chocante resulta el éxito editorial. Y, sin embargo, te recomiendo que pienses dos cosas: Una, que si ciertos programas televisivos a los que sólo falta el mal olor para aparecer del todo como lo que son en realidad, atraen a millones de espectadores, no es extraño que la misma materia por escrito atraiga a millones de "lectores": hay gustos pa’tó. Otra, que quienes utilizan el negocio editorial sólo como negocio, saben muy bien la combinación necesaria para cocinar un bestseller, o al menos una de las fórmulas: a ese libro, o estatua, o cuadro portador de un antiguo secreto (esoterismo), se añade una burda trama detectivesca (que se adivina desde el principio), para descubrir el ansia de poder y la maldad de la jerarquía católica; añádanse los acostumbrados toques de erotismo o de sadismo y ya está para servirse; los disparates históricos, los anacronismos, las faltas de información, no tienen importancia; para terminar, una buena publicidad y primero en las listas. Abundan estos platos podridos con diferentes versiones secundarias: cátaros medievales bondadosos frente a obispos malvadísimos (los hijos y sobrinos y nietos del Grial), sociedades secretas del renacimiento (contra un papado diabólico), reaparición de los Templarios y su afán de poder, crímenes y misterios del Camino de Santiago, etc. No te hago la extensa lista con nombres y apellidos para no hacerles publicidad. Estos cocineros de bazofia nos quieren "reeducar" el paladar, poco a poco, hasta convertirnos en carroñeros. Bajo ese negocio, está muy claro el mensaje que quieren difundir: El Cristo de nuestra fe es un invento de eclesiásticos interesados y venales; la Iglesia Católica es causa y fruto del fraude más grande de toda la historia. Ya hemos llegado: "Delenda est Ecclesia" —hay que destruir la Iglesia—. ¿No has percibido las críticas furiosas contra La Pasión? Sadismo, cine "gore", fundamentalismo, antisemitismo... Mel Gibson está acabado: ha ofendido al mundo entero (a los Poderes) diciendo a gritos que cree en el Jesucristo de los Evangelios. Nunca el cristianismo agradó a los Poderes de este mundo, que hoy son dueños de los medios de comunicación. Esos poderes quieren modelar un "mundo feliz". ¿Por qué no relees "El relato del Anticristo" de Vladimir Soloviev, o "El amo del mundo" de R. Hugo Benson, o "Una nueva Edad Media" de Nicolás Berdiaeff, o "El mundo feliz" de Huxley, o "Fahrenheit 451" de Ray Bradbury, o "1984" de George Orwel, o, simplemente, "El Señor de los Anillos" de Tolkien? (Eso sí, con sensatez y esperanza) Estos hombres sí pensaron y miraron a lo lejos, y advirtieron. Relee y mira a tu alrededor. Quizá comprendas. Pero, ¿sabes?, lo que más me admira es que buen número de personas instruidas, entre treinta y cincuenta años, confundan lo que es un relato de imaginación y entretenimiento playero (ni siquiera novela histórica) con la historia real. Me traen al recuerdo a una anciana y bondadosa tía que en su confusión final se negaba pudorosamente a comer en presencia de tanta gente extraña (los "habitantes" del telediario de las dos y media). ¿Tan grande es la confusión y la debilidad mental de un amplio sector de población? Sin duda algo de esto hay, pero, en este caso, me inclino a pensar en otro posible factor: parte de esa generación a que aludo ha roto con la Iglesia (también íntimamente con sus progenitores), sobre todo al rechazar su moral sexual; se han ido. Pero no todos se han ido del todo; hay momentos en que algunos intuyen que han tomado un camino destructivo; hay noches que otros lloran la integridad de su juventud. Parecen muy seguros de sí mismos al rechazar "la familia tradicional", "la moral opresiva y aberrante", "la iglesia medieval y obscurantista", etc; pero no están tan seguros, o mejor, tienen serias dudas de si obraron bien. Como la Iglesia no bendijo en su momento las opciones morales que ellos tomaron, algunos podrían estar orientados y predispuestos a creer todo lo malo que se diga de la Iglesia (y de sus mismos padres a veces) porque así se sienten más seguros y liberados: si todo era una farsa, hemos acertado renegando. Si así fuera —es una hipótesis— algún día tendrán que abrir los ojos y mucho me temo que con dolor. Que Dios los ayude; reza por ellos, que, seguramente, son parientes y amigos muy queridos. En todo caso, no pierdas la paz. No es el primer ni será el último acoso a la Iglesia: Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. (2 Co 4,8-10). Muchos cristianos ocultarán en público su condición y su fe. Muchos también apostatarán de esa fe. Algunos ex-cristianos (no todos) difamarán la historia de la Iglesia que es su propia historia, como quien declara prostituta a su madre. Allá ellos: sin madre uno es una sombra irreal, un sueño vacío. Yo sé, en todo caso, que el Señor vive y dirige la historia hacia su plenitud. No pierdas la esperanza. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Que el Señor te bendiga. Hasta otra. |
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Sobre el Estado Laico Querido amigo: Las palabras del Sr. Ministro de Justicia sobre la disposición del gobierno a financiar la enseñanza del Islam en la escuela y en los medios públicos, ha suscitado reacciones muy diversas. Me preguntas qué opinión me merece este hecho; al fin y al cabo, dices, es aplicar a las minorías religiosas el estatuto de que ya goza la Iglesia católica. ¿Por qué no? En efecto, parece que las declaraciones del Sr. Ministro hacían referencia explícita a poner en situación de igualdad a todas las confesiones, impidiendo que hubiera unas (la Católica) de primera división, y otras de segunda y tercera. ¡Que todas jueguen en el mismo terreno y bajo la autoridad del mismo árbitro! Dejo de lado la posible injusticia que supone desconocer lo que la Iglesia Católica ha aportado en la historia y aporta en la actualidad a la sociedad española; reconocimiento que está recogido explícitamente en la misma Constitución. No importa: en el fondo late algo de mayor trascendencia. Desde hace unos meses, al menos desde el comienzo de la anterior campaña para las elecciones generales, se viene repitiendo machaconamente por personas muy representativas del PSOE lo del Estado laico. Lo he leído, en varias ocasiones, en palabras de la Sra. Vicepresidenta; también, durante el último Congreso del PSOE, del mismo Sr. Presidente. Ha hablado en ese tono el Rector de la Universidad de Alcalá. Creo entender que estos y otros señores, deducen de la no confesionalidad del Estado recogida en la Constitución, que ese Estado no debe otorgar espacio público a ninguna religión; la religión, según ellos, es un hecho a respetar (de momento al menos), pero un hecho privado, doméstico, hogareño, individual; tan íntimo que ni siquiera se le puede preguntar a nadie si es creyente y en qué cree. Es un sentimiento, una creencia, una opción personal; sin efecto en la vida pública, pues esta se organiza exclusivamente desde la racionalidad. Si la ciudad comprende, simultáneamente, el hogar privado, la calle pública y la escuela abierta, la religión sólo cabe en el primero (hogar); o mejor, ni siquiera en el hogar como institución; sería un asunto de la privacidad e intimidad del individuo: ¡ni los padres deberían condicionar religiosamente a sus hijos. Con relación a lo del Islam me pregunto abiertamente: ¿Se trata, de verdad, de igualar a todas las religiones, o de ponerlas en competencia y confrontación para terminar desterrando a todas de la vida pública relegándolas al seno de la privacidad? Un filósofo muy presente en los medios de comunicación, José Antonio Marina, comentando las palabras del Sr. López Aguilar, dice en el suplemento Crónica del diario El Mundo, de 4 de julio de 2004: "... estoy seguro de que la enseñanza pública tiene que construirse sobre una ética laica. ¿Por qué? Porque las religiones separan. Todas las religiones -el cristianismo, el budismo, el hinduismo, el islamismo- han producido divisiones irreconciliables en su seno. No es que no se entiendan con las demás, es que ni siquiera consiguen la concordia en su interior. Para poder convivir necesitamos una ética universal, una de cuyas normas será, sin duda, el respeto a las conciencias privadas, siempre que no interfieran con la ética universal". Todas las religiones separan, producen divisiones irreconciliables. Eso afirma con claridad. Hay que agradecerle que no diga explícitamente que toda religión es una simiente de violencia fundamentalista, como algunos trataron de proclamar tras el 11S. ¿Cómo un hombre tan inteligente y culto puede hacer esa afirmación sin matizarla? También la política crea partidos, o sea, divide (¡y cómo!); los toros separaban a los partidarios de una figura, el fútbol enfrenta a los hinchas hasta la violencia, la producción y el reparto de bienes no digamos, la cultura, la familia... ¿No será que el mismo hombre está dividido y todo lo que toca, incluso lo más noble, sufre el efecto de su división interior y, a la vez, le divide aun más? Sinceramente: ¿cesarían las divisiones con la eliminación de la religión de la vida pública? El Profesor Marina, en esta ocasión, parece haber viajado en el túnel del tiempo hasta el siglo XVII, en que la división religiosa de Europa empujó a los cristianos enfrentados a buscar una zona neutral en el derecho natural, la ley natural, la naturaleza. ¿De verdad cree posible una ética universal desde postulados solamente racionales? ¿Ignora el citado profesor las aportaciones de las religiones totémicas a la creación de la unidad de los clanes, o de los politeísmos al nacimiento de la ciudad supertribal, o la del cristianismo a la mezcla y fusión de razas...? Me duele que un intelectual sólo vea una dimensión de la historia e ignore otras no menos importantes; y que englobe a todos en el mismo saco. No creo que sea una postura verdaderamente inteligente. Creo, querido amigo, que la respuesta a tu pregunta comprende distintos niveles. Está claro, me parece, que las grandes fuerzas de este periodo histórico, siendo distintas e incluso enfrentadas entre sí, coinciden en rechazar el peso público de la Iglesia Católica, única institución de ámbito mundial independiente de los estados nacionales; si para debilitarla en América hispana (años setenta y ochenta) esas fuerzas promocionaron las sectas de origen evangélico y norteamericano, ¿es extraño que en la cuenca del mediterráneo se utilice el Islam para el mismo fin? Lo que ocurre es que estos enemigos y, a la vez, extraños aliados (¡la dura derecha evangélica norteamericana y la izquierda pacifista europea!) están lejos de conocer la fuerza del explosivo que pretenden manipular. El presidente actual de EEUU creyó poder dominar al pueblo iraquí primero con el palo y luego la zanahoria; ahora no sabe cómo salir del atolladero. Los líderes del laicismo europeo pretenden inculcar tolerancia a los musulmanes moderados y utilizarlos para crear una vida pública pluralista religiosamente, donde unas religiones neutralicen a las otras y ninguna de ellas tenga peso y fuerza social para intervenir en la vida pública. ¿No se llevarán también estos una sorpresa dentro de no mucho? Te aconsejo dos libros: uno es un ensayo de Giovanni Sartori (La sociedad multiétnica, Editorial Taurus); es uno de esos pensadores italianos que no temen ser "políticamente incorrectos" y denuncian las mentiras de última moda; quizá necesitaría algunos matices, pero no es tan apasionado y exagerado Oriana Fallaci, la valiente periodista que antaño denunció a los coroneles griegos o a los dictadores de Asia y América, y que hoy vuelve a la carga desde EEUU contra los, a su juicio, cobardes y renegados europeos. Otro, realmente magnífico: Cien preguntas sobre el Islam (ediciones Encuentro). El autor, Samir Khalil Samir, jesuita árabe y profesor de varias universidades (El Cairo, Líbano, Roma), ofrece una información muy interesante, objetiva y serena. Termino. Se fiel a tu fe y esfuérzate en buscar información seria. No es tan difícil. Que el Señor te bendiga con una esperanza alegre. Un abrazo. Lorenzo. |
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¿Días de vino y rosas? Querida María: No sabes cómo te agradezco la visita que me hiciste con los amigos que te habían acompañado en el Camino de Santiago. Gocé mucho escuchando tantas anécdotas y tanto entusiasmo. Os vi felices, ilusionados. Para más de uno de vosotros ha sido un momento de encuentro fuerte con el Señor y con su Iglesia. Me sentí consolado y os lo agradezco, porque estaba muy triste. Viéndoos recuperé esperanza y alegría, respiré futuro. Gracias. Mi tristeza venía también de actitudes y conductas juveniles. Uno de estos días se había celebrado una fiesta “tradicional” en la ciudad. Tuve que embarcar en un tren tempranero a un huésped que retornaba a su lugar. Pasé por la zona universitaria camino de la estación. Contemplé a lo largo del trayecto a muchísimos jóvenes, en pequeños grupos, que se movían agotados y cansinos. En la estación, centenares de ellos, sentados en el suelo por el entorno, o en el vestíbulo, esperaban la llegada de trenes que los devolvería a su localidad respectiva. El aspecto de casi todos, el estado lamentable de no pocos, las latas de bebida por el suelo, todo el conjunto me puso muy triste. ¡Qué enorme hipocresía social! ¿Para qué se denuncia el creciente uso de la cocaína o el consumo disparado de alcohol por parte de personas cada vez más jóvenes si se promueve un estilo de vida que conduce casi inexorablemente a ello? Luego he leído en algún periódico que se iban a repartir o se habían repartido gratuitamente unos miles de preservativos para evitar contagios, embarazos indeseados, etc. ¡Bravo! El “consumo interior” no decae y la economía se sostiene. ¡Felicidades! Mi ciudad es ya famosa y atrae a sus fiestas a miles de jóvenes, como los sanfermines o las fiestas del tomate. Si hay comas etílicos, para eso están las urgencias. Si hay setenta mil abortos anuales, si mueren centenares de jóvenes en accidentes de fin de semana (¿qué pueblo no tiene ya su luto ferial por este motivo?), si los adolescentes son carne fácil para el alcohol o la droga... Eso no es problema. ¡Que se callen los gafes, los pájaros de mal agüero profetas de calamidades! Quien ensalzó la “movida” y entregó a tantos jóvenes al poder de la noche, habrá visto desde el otro lado el dolor y la miseria que su “apertura cultural” ha traído a muchas familias y a toda una generación. Pero insisto: esto no es problema. Bastará con que los centros de enseñanza reciban folletos de cómo evitar el alcohol o de la peligrosidad de las drogas; bastará una nueva asignatura de cómo ejercitar la sexualidad sin consecuencias desagradables (¿será la nueva gimnasia que sustituya a la religión?). ¿Ceguera solamente? ¿Irresponsabilidad criminal? Me dicen que la mayoría de los jóvenes que viven en la noche no caen en excesos; por supuesto, lo creo. A mi no me preocupa una borrachera ocasional; me preocupa un modo de vida, un estilo. Hoy, días de vino y rosas. ¿Y mañana? Esto me afecta
tanto y me pone tan triste, que vuestra visita fue un respiro de alegría,
un regalo de optimismo. Os vi como ese “resto de Israel”, salvado por
la misericordia de Dios en los momentos críticos, para sacar después a
toda una época de la oscuridad. Sois, quizá, pocos y pequeños. Vuestro
grupo me hizo pensar en los pequeños hobbits del Señor de los
Anillos: Bilbo, Frodo, Sam, Merry, Pippin. Releed esa novela épica
escrita por un gran católico y eminente profesor de lenguas (Tolkien), y
veréis una mística del camino para tiempos de oscuridad: sales de casa y
el camino te conduce; cuando vuelves, ya no eres el mismo pero eres más tú
mismo. ¿No empezó así la elección de Israel, con Abraham saliendo?
Vosotros habéis hecho un camino, y en él habéis descubierto el Camino: Yo
soy el verdadero camino que conduce a la Vida. En esta nueva Edad Media que estamos empezando a vivir, la estabilidad anterior salta por los aires; ha terminado la sociedad ilustrada, la burguesía y la utopía antiburguesa; los bárbaros ya están dentro (y no solamente los que vienen de fuera; todos somos ya bárbaros). La vieja y provinciana, pero entrañable, ciudad (Bedford Falls), se está convirtiendo en “Potterville” (Ved de nuevo Qué bello es vivir): luces de neón, diversión nocturna, prostitución, violencia, bajo la dictadura del Dinero. George Bailey, el hombre sacrificado a favor de la comunidad, es un fracasado. Pero, ¿quién es el fracasado? Demasiados jóvenes están siendo sacrificados en el altar del dios Dinero sin que nadie proteste. ¿Cuándo veremos, en una primera plana de cualquier periódico digno, un estudio estadístico sobre muertes no naturales de jóvenes en los últimos veinticinco años? Nos dirá alguno de nuevo: déjanos en paz y mira lo positivo. Allá ellos si no quieren mirar. Muchos jóvenes son hoy vagabundos neomedievales (vagantes o giróvagos). Deteriorados los lazos familiares por el hundimiento de la familia, menoscabada la relación profesional por la caída del trabajo serio y continuado, en crisis la identidad personal (hasta la sexual) por no haber referencias trascendentes, el sujeto da vueltas sobre sí mismo. Recuerdo un chiste rápido que viene a cuento: “¿Dónde vas tan aprisa? -A ningún sitio, -Pues corre, que llegas tarde”. El vagabundo se mueve sin moverse de verdad, sin avanzar; como quien se pierde en un bosque y camina pasando una vez y otra por el mismo sitio, andando en círculo. El vagabundo es buscador de experiencias, ansioso pero incapaz de encontrarse a sí mismo; en su alma late la desesperanza y la desilusión. A vosotros os toca convertiros en guías, para transformar a tanto vagabundo en peregrino con meta y esperanza. Seréis los profetas de una Ciudad Nueva, más abierta, justa y universal; como San Benito en la primera Edad Media. Una ciudad donde la casa sea familiar y garantía de la intimidad; no mero apartamento para estériles parejas. Donde la calle sea un lugar abierto al encuentro de ciudadanos libres; no espacio de presión social, de ruido, y de violencia. Donde la escuela sea un recinto sacro de transmisión de cultura, de valoración del saber y de trabajo responsable. Querida María: sal de tu casa y emprende el verdadero camino acompañada por Quien te llama y te enviará un día; no tengas miedo a dar la vida. Ánimo, díselo a tus amigos: el Señor está contigo. Un fuerte abrazo. Lorenzo. |
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María, Nacimiento Agraciado Queridos amigos: La fiesta de la Asunción de la Virgen María ha convocado, semanas atrás, a los cristianos, a la alegría y al agradecimiento una vez más; hemos festejado el triunfo de Dios llevando a la plenitud de la gloria a una criatura humana, triunfo que lo es también de la libertad de esa criatura. ¡Bendito sea Dios que nos llama en Jesucristo a ser sus hijos y nos anticipa la gloria con la gracia del Espíritu Santo! Apenas pasada esta fiesta, que también es conmemoración de una definición dogmática de la Iglesia (María elevada en cuerpo y alma al estado de resurrección), vamos a celebrar de nuevo a la Virgen: el día 8 de septiembre la liturgia nos hace partícipes de su nacimiento. Un nacimiento único porque previamente fue concebida sin pecado original, sin vínculo interno con la historia de pecado; por eso, nueve meses antes (el 8 de diciembre) se conmemora su Inmaculada Concepción. El pueblo va a celebrar (ojalá con fe, piedad y moralidad) esta fiesta de la Natividad, que también es fiesta patronal en muchas localidades. Si la fiesta del final de la vida de María (Asunción) es la celebración del resultado de la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad humana de la Virgen, las dos del comienzo (Concepción y Nacimiento) proclaman que lo primero de todo es el amor de Dios, su gracia, su obra. Antes de que podamos responder o colaborar, ya Dios está sembrando nuestra santidad, se está anticipando amorosamente. Sólo en la gracia florece la libertad. Dios nos precede y nos aguarda, libera nuestra libertad y la acompaña; nos hace sujetos con la posibilidad de darle un "no" para que podamos darle libremente un "sí". Pero, volvamos al nacimiento de la Virgen y contemplemos también nuestra pre-historia en Dios. Los seres humanos tendemos a pensarnos como adultos responsables. Habéis oído decir más de una vez : "Yo me he hecho a mí mismo; lo que soy no lo debo a nadie". No se comprende la gracia, el don, esa pre-historia sumergida en la profundidad de Dios. Nadie nace por casualidad. Aun contando con la libertad, incluso con el pecado, Dios está sosteniendo cada nueva concepción. Cuando se engendra un proyecto de ser humano, ocurre algo grandioso que no puede explicarse solamente por la biología: Alguien viene. No se trata, solamente, de una nueva vida, que ya sería mucho. Es mucho más: Alguien. Un proyecto de persona para la eternidad, un conato de misión personal en beneficio de todos los humanos, una libertad novedosa sin la cual la humanidad no será la misma. De María se puede decir con mucha más razón que del profeta, pero también a cada uno de nosotros se puede y se debe aplicar: Yahvé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre (Is 49,1). La concepción de un ser humano es un suceso que se hunde en las raíces de la Creación, que brota del Primer Día cuando Dios dijo: Hágase. Cierto que es un hecho biológico, pero no es solamente eso. A la concepción de una persona asiste admirada la Trinidad Santísima: el proyecto de persona aparece por voluntad del Padre; está diseñado a imagen del Hijo; es animado desde el primer instante por el Espíritu Santo. Luego, ese proyecto personal, debe ser aceptado por los hombres, agradecido; no siempre ocurre, por desgracia. Concepción inmaculada —la de María Santísima—, o concepción nuestra contaminada por el pecado compartido, pero siempre concepción de alguien llamado a la vida eterna, a la comunión con Dios. Nadie, ni siquiera el más desgraciado de la historia, viene a este mundo sin el Amor bajo el brazo. El nacimiento de ese alguien concebido en el plan divino, hace aparecer a la luz (¡dar a luz!) lo que era secreto y oculto. Sólo en una sociedad muy enferma, el nacimiento puede ser rechazado; ni siquiera en los ámbitos geográficos del hambre ocurre eso. Empieza la infancia. La primera "edad" del hombre, su primera etapa. Todo niño limita con Dios y es signo de su predilección, de su gracia, de su amor. ¡Si pudiéramos re-cordar (volver a sentir con el corazón) aquella primera caricia de Dios! Lo pedimos en el himno de laudes del martes de la semana segunda: Porque, Señor, yo te he visto y quiero volverte a ver, quiero creer/ Te ví, sí, cuando era niño y en agua me bauticé, y, limpio de culpa vieja, sin velos te pude ver... El recuerdo del nacimiento de María nos hace alabar a Dios. También nos devuelve nuestra infancia agraciada, cercana a Dios, cargada de misión. Por los niños que mañana serán mayores y por los mayores que ayer fuimos niños: que ni ellos dejen de desarrollar la primera gracia hasta el fin, ni nosotros perdamos esa caricia primera con el transcurso de los años. Que la Madre dé al mundo madres que den a luz la ternura de Dios: ¿recordáis la bellísima escena, en "La Pasión", de María acercándose a Jesús caído bajo el peso de la cruz, mientras el tiempo retrocede y se ve a la Virgen, más joven, corriendo para levantar tiernamente a Jesús niño? También a nosotros viene corriendo y con los brazos abiertos; por eso, bendigamos nuestro nacimiento y recemos por quienes han colaborado con Dios para realizar nuestra vida. Un abrazo. Lorenzo. |
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Un Adviento Especial Queridos amigos:Deseo comentar unas noticias que me parecen relacionadas entre sí. Por un lado he leído que se van a endurecer muchísimo las sanciones a quienes faciliten tabaco a los jóvenes. Por otro lado, el consumo de cocaína, hachís y alcohol se ha multiplicado entre adolescentes de una manera alarmante hasta el punto de confesar que los consejos televisivos de estos diez años han fracasado. Finalmente, también se ha duplicado el número de personas que viven solas; se supone que ancianos. Sobre estas noticias quisiera sugerir alguna reflexión: 1. El problema de la droga no es independiente de otros como la permisividad sexual, la destrucción de la familia y de la autoridad de los padres, el desastre de la educación escolar, la locura de los programas basura de televisión, el intento de hacer del SIDA un desafío a la solidaridad en vez de una llamada a la verdad, etc. Las noches de "vino y rosas" bajo el puente del AVE no hay quien las afronte; los padres (padre y madre) se han separado y han dejado de serlo porque solo los son unidos y vinculados en la paternidad; todos los profesores se quejan de la dificultad para impartir sus lecciones pero nadie se atreve a plantar cara. 2. Algún día se darán cuenta algunos que esas campañas en los medios sirven de muy poco si no hay un apoyo educativo real, con coerción incluída, a adolescentes que aun no tienen una voluntad firme y disciplinada. Multiplicarán las conferencias (bien remuneradas), enriquecerán con el dinero de todos a las multinacionales que fabrican condones, asustarán con el coco... Es igual: ¿todavía no saben que la pasión incontrolada y falta de disciplina nubla la razón y uno hace en ese momento lo que no querría hacer? ¿Tan poco saben del corazón humano? Esto lo saben hasta las madres que no han hecho estudios de sicología: que un adolescente no estudia con meras razones si es un perezoso y no se ha educado su voluntad; ya puede estar ella con la "cantaleta" todo el día. 3. El problema de los jóvenes es el primer problema político en España. Todos nos tenemos que dar cuenta y todos tenemos que colaborar en su solución. Dentro de veinte años (¿o muchos menos?) se verá el desastre a que conduce tanta mentira y tanta hipocresía social: ¡Ay de vosotros, hipócritas, que coláis el tabaco y os tragáis la muerte en polvo y el amor falsificado! Cuando nos reviente la violencia y cualquier demagogo pueda conducir a la masa juvenil contra la misma democracia, empezaremos a echarnos mutuamente las culpas. Creo que en los ámbitos locales, donde quizá (ojalá) queden personas que se dejen guiar todavía por sus conciencias, debería haber un acuerdo entre asociaciones familiares, autoridades, profesorado y educadores en general, y jóvenes independientes de grupos políticos; un acuerdo para plantear con honradez la totalidad del problema, sus causas reales y sus posibles vías de solución. 4. Estos días se están discutiendo asuntos de primera importancia y que afectan a lo que venimos comentando: manipulación de embriones y células madres, aborto sin límites, eutanasia, "matrimonio" homosexual, adopciones por estos "matrimonios", etc. Para muchos ex-cristianos y para algunos "cristianos", el episcopado está atrincherado en posiciones medievales que niegan la libertad. La tolerancia y el pluralismo suelen ser los valores invocados contra este episcopado intransigente. Pero lo que aquí se juega no es este o aquel asunto por separado; es un modo de concebir la vida. Os recomiendo que releáis El mundo feliz (1932), la novela de Aldous Huxley que anticipaba una cultura hedonista, manipuladora, inhumana. Este autor, nieto de Thomas y hermano de Julian —ambos conocidos darwinistas—, había estudiado en Eton y Oxford, y era consciente de las posibilidades de dominio y deshumanización que podían derivarse de una ciencia sin moral y al servicio de los grandes poderes. Dibuja una sociedad sin madres, con educación condicionada en guarderías estatales, con una religión civil (¿fordismo? ¿taylorismo?). Algo así como un cristianismo invertido y blasfemo. La cruz es sustituida por la "t" de Taylor (el creador de las cadenas de producción criticadas por Chaplín en El mundo moderno); se invoca a Ford como a Dios; la Eucaristía tiene su remedo en la orgía ritual semanal en que se consume sexo y droga en clima "fraterno". Una sociedad sin inhibiciones, sin sufrimiento; una sociedad sin Dios y sin padres; también sin libertad. Una sociedad de idiotas. ¿Qué me ha hecho recordar estos días El mundo feliz? La visita de Billy Gates a Europa. Recibido como una especie de mesías por los periódicos más liberales (El Mundo le rendía adoración) Venía a vender sus productos y, además, a soltarnos su filosofía (también es filósofo). Esta filosofía la resumía en "las tres tes": "t" de talento; "t" de tecnología; "t" de tolerancia. Es el advenimiento de El mundo feliz; ya ha llegado. Sexo sin consecuencias, droga para calmar la ansiedad, adolescencia hasta los cincuenta años, libertad de cualquier compromiso familiar, soledad, muerte "voluntaria" (desesperada quieren decir). El asunto de la eutanasia no se puede separar de los anteriores: familias rotas, escuelas desautorizadas, jóvenes manipulados y ancianos en soledad; cuando llegue la hora del sufrimiento, ¿por qué no elegir la muerte? Pero, ¿de verdad elige libremente algo quien se ve un estorbo para los que ama y ve en sus ojos que desean que desaparezca? De paso un par de preguntas o reflexiones: ¿Os habéis fijado en la noticia de los noventa pederastas atrapados por la policía? No ha salido ni un nombre, ni una fotografía (como debe ser). Me pregunto: ¿Y si hubiera habido entre ellos algún cura? ¿Hubiera sido igual? ¿Se hubiera "agotado" la noticia en un par de días? Todos contra el SIDA. Nadie sabe cual fue su causa pero es cierto que su difusión ha sido y es por la promiscuidad sexual. Sin la homosexualidad y sin la drogodependencia el SIDA no sería hoy un problema mundial. Pues ahora resulta que la Iglesia (¿por qué no los célibes?) casi tiene la culpa. ¿No hace nada la Iglesia? Pues resulta que la mayoría de pisos para estos enfermos los atienden consagrados y voluntarios cristianos. Pues resulta que en África los misioneros están aportando algo más que un grano de arena. Mi pregunta es: si los más culpables de las guerras son considerados los fabricantes y vendedores de armas, ¿quiénes son culpables del SIDA? ¿Quiénes ganan dinero con él? En El Faro de Vigo de 2 de diciembre, aparece una viñeta (de Javier Aguilera) donde un señor está escribiendo en una pared: "Viva el amor libre"; para poder manejar el espray con que dibuja, ha dejado un maletín a sus pies, apoyada en la pared; en él se lee: "Industria farmaceútica". ¿Por qué se está invirtiendo tanto en una vacuna contra el SIDA y no se ha terminado con el cólera? Termino: es tiempo de pensar. Este Adviento es especial. Que no nos roben el cerebro porque con él se llevan el corazón. Vale más sufrir como personas que "ser felices" como personajes irreales y vacíos. Perdonad que, en vez de Isaías, os haya recomendado un escritor agnóstico como lectura. A veces hay que escuchar a profetas como Balaán, el de la burra. Un abrazo. Lorenzo
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Ante la muerte de Juan Pablo II
La muerte e inmediato funeral del Santo Padre Juan Pablo II, han golpeado vigorosamente la conciencia de muchos hombres, católicos y no católicos, cristianos y no cristianos. Todos estamos admirados de esa perseverancia en la misión hasta el último momento; las dos últimas salidas a la ventana de su despacho, con el fallido intento de hablar, con los gestos de dolor y de angustia, han sido actos reveladores, iluminadores, auténticas epifanías de una vida entregada. Al tiempo que los Cardenales electores se reúnen en congregaciones generales para analizar la situación de la Iglesia y del mundo, el momento del Señor, tendríamos los cristianos que hacer algo parecido; reunirnos, rezar, conversar. Y, aun en la dispersión, creo que todos estamos meditando estas cosas y guardándolas en el corazón. Mi pequeña reflexión parte de una tumba hasta ayer vacía. Está en la Cripta de la Basílica de San Pedro, cercana al lugar donde el Apóstol estuvo enterrado. Siempre tenía visitantes y flores. Yacía en ella el Papa Juan XXIII. De la tumba lo sacó Juan Pablo II para declarar su santidad; fue una resurrección en la piedad y en la veneración. Juan XXIII, el Papa bondadoso que inició otro modo de ejercer el ministerio petrino, ahora era confirmado por la Iglesia: no se equivocó al ejercer la misericordia hasta el límite; no se equivocó al convocar el Concilio y abrir las ventanas de la Iglesia al Espíritu Santo que entró, como un tornado, oxigenando los corazones y derribando decorados de cartón piedra. Se equivocaron quienes le juzgaron como un ingenuo y decadente anciano. A esa tumba de la que Juan Pablo II sacó al Beato Juan XXIII, ha ido a reposar su propio cuerpo. Estimo que en esta sepultura culmina el trabajoso proceso del Vaticano II y se abre el verdadero posconcilio, la etapa verdaderamente posterior a un Concilio consumado felizmente. En efecto, un concilio ecuménico no se limita a las reuniones parciales y plenarias, a los documentos, a su estricto tiempo de celebración. Lo que hemos llamado posconcilio, ha sido, en realidad, la receptio conciliar, la recepción difícil y a veces dolorosa, la interacción entre la novedad y la vieja historia. Se puede aplicar lo que dice el autor del Apocalipsis glosando a Ezequiel (3,1-3): "Fui hacia el ángel y le dije que me diera el librito. Y me dice: «Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.» (Ap 10,9). ¡Qué dulce es la Palabra que llega, pero que duro digerirla! Qué triunfo el salir de Egipto guiados por un Anciano libérrimo; qué hermoso pasar el Mar Rojo bajo un cayado con forma de cruz en manos de un Hombre frágil en su fortaleza. A continuación, cuarenta años justos (1965-2005) de camino por el desierto, tentaciones, conflictos... Ese tramo o periodo de durísima asimilación se puede, ahora, dar por terminado. Ya Moisés ha llegado al Monte Nebo, ya se atisba la Tierra Santa, ya están puestos los cimientos para la nueva evangelización. Juan Pablo II ha sido una gracia extraordinaria para la Iglesia y para el mundo. Mas, ¿hubiera sido posible este Juan Pablo II sin la previa existencia y obra de Juan XXIII? ¿Podemos imaginar al activo, decidido, apasionado Carol Wojtila, convocando un Concilio, dejando la iniciativa a los obispos, permitiendo el desorden inicial que trajo consigo aquel maremágnum de obispos y documentos? Y, una vez convocado e iniciado el Vaticano II, ¿podría haberse encontrado alguien más respetuoso y dialogante, más capaz de hilvanar opiniones aparentemente contrapuestas en una verdad integral y profunda, que Pablo VI? Sin el abrazo de Juan XXIII con Atenágoras, sin los viajes misioneros y la reforma de la Curia de Pablo VI, sin tantas y tantas cosas de estos dos Papas, ¿hubiera sido pensable este Juan Pablo II? Con razón, y siguiendo la intuición de su predecesor, reunió en su nombre los dos anteriores, con un "segundo" que significa los dos intentos que necesitó el Espíritu Santo para sacar adelante su candidatura. Juan XXIII murió cuando debía; no hubiera podido llevar a cabo la inmensa tarea del Concilio que él mismo inició y orientó. Pablo VI también fue llamado cuando su misión estaba cumplida: lograr la integración de todas las minorías y sus matices en una síntesis integral. Juan Pablo I fue importantísimo en su intrascendencia: aceptó por pura obediencia una carga muy superior a sus fuerzas para, así, morir tan apresuradamente que los Cardenales tuvieron que entregarse a alguien sano, fuerte, creyente y valiente; alguien a quien le gustara ser Papa. Hay vocaciones que consisten en desaparecer para que otros emerjan. Ese fue el caso de Juan Pablo I, el Papa Luciani. ¡Cuánto tuvo que trabajar el Espíritu Santo para desembarazarse de Siri y de otros, y abrir paso a los "bárbaros" del Rhin, que a su vez abrieron la puerta del Vaticano al Eslavo! ¿Será ofensivo para el Espíritu Santo pensar que a veces su inspiración consiste en ofuscar momentáneamente a quienes inspira? No lo creo; los seres humanos somos cobardes y duros de mollera; hacen falta bofetadas para expeler el agua que asfixia nuestros pulmones e impide entrar aire en los mismos. Para sacar adelante la candidatura de este Papa que acaba de morir, el Espíritu Santo tuvo que "engañar" a los electores y orientar su mirada hacia una persona que estaba aquí de paso: Albino Luciani. Juan Pablo II no habría podido convocar ni conducir este Concilio; era demasiado fuerte para dirigir sin intervenir. Pero, sin Juan Pablo II el Concilio Vaticano II habría fracasado absolutamente en su etapa de recepción abriendo una serie de cismas para muchos siglos (las dos iglesias en muchos países latinoamericanos, Leffebre y sus integristas, los progresistas europeos, etc.). Hacía falta alguien capaz de dar la cara "solo ante el peligro" —nada menos que todo un hombre— y nos fue dado. Gracias sean dadas a Dios. Y entonces uno piensa en el misterio que hay en una tumba vacía que ocupó un Papa, hoy beatificado, y que ahora ocupa otro Papa que lo será muy pronto al parecer. Sencillamente, Dios conduce a su Iglesia. Cristo no sólo resucitó; resucitado, es quien hoy gobierna la Humanidad y la conduce hacia el Reinado de Dios mediante su Espíritu y los santos que por él se dejan llevar. Creando y promoviendo vocaciones personales mediante ese Espíritu, dirige el mundo; liberando personas libres que liberen. Este Concilio, el Vaticano II, ha constituido una de las intervenciones más fuertes del Señor en la historia de la Iglesia. No ha sido un Concilio más. Algo trama para este milenio nuestro Señor Jesucristo que apenas podemos sospechar. Demos tiempo y colaboremos. En la Plaza de San Pedro hemos contemplado la catolicidad de la Iglesia; no sólo por la cantidad y diversidad de los presentes, sino por algo más hondo todavía: por la continuidad de veinte siglos de historia ungida y providencial. Allá, en la colina del Vaticano, en el antiguo cementerio de la Urbe, la tumba del primer Apóstol; encima, estratos y construcciones derruidas; en superficie, la Basílica y la Plaza. La Iglesia no destruye historia; no empieza ninguna época de cero como pretenden hacer los revolucionarios utópicos. Bajo cada nueva época están vivas las anteriores. No destruye instituciones porque sabe que las instituciones son al espíritu humano lo que el bosque a la vida animal: su ecosistema; porque no ignora que el Espíritu Santo es el Gran Instituyente, la Persona divina que vence la entropía y otorga continuidad profunda a la Historia. La hermosísima columnata de Bernini se abría como un abrazo que integraba siglos, culturas, religiones, países, hombres. Cuando el Cardenal Ratzinger señaló a la ventana y expresó su certeza de que Juan Pablo II bendecía aquella concentración, no lo dijo todo: en realidad, bendecían al unísono cuatro Papas muy distintos entre ellos en cuanto a rasgos personales pero íntimamente ligados por su misión: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Si la Divinidad tiene tres ángulos personales, la humanidad necesita siempre de cuatro puntos cardinales: los evangelios son la muestra palpable. Los cuatro bendecían a la Iglesia, que es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (LG 1). Cada día que pasa tiene menos sentido ese cristianismo sin Iglesia, o sin afecto a la Iglesia real al que algunos todavía se aferran. Es un residuo doloroso de uno de los momentos creativos más hermosos de la historia de la Iglesia. Decir "creo en Jesús pero no acepto esta Iglesia" es el primer paso para abandonar a Jesús, para la apostasía. Casi todos los que negaron a la Iglesia, han terminado renegando de Jesús. Lógico. Por eso, los creyentes acogeremos al próximo Papa como un regalo, como el hombre providencial que Jesucristo concede a la Iglesia para esta etapa; la Iglesia no clona pontífices sino que los recibe de su Señor. Yerran quienes están anclados en el momento de luz de Juan XXIII, o quienes se quedaron en la época de Pablo VI, o quienes desearían perpetuar a Juan Pablo II mediante un sucesor con sus mismas características. Cada uno trae su gracia y su cruz, a cada uno se le encomienda la misma misión pero en clave distinta; porque los tiempos son distintos y porque sólo Jesucristo es alfa y omega, principio y fin. En torno a nuestros obispos formaremos una unidad misionera sin fisuras donde cada uno tiene, o mejor, es, una vocación original por obra y gracia del Espíritu Santo. Y entonces algo nuevo sucederá, algo que difícilmente podemos imaginar hoy. Pero eso es ya otra historia. |
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"Tenemos Papa" (Lorenzo Trujillo Díaz. Rector del Seminario Diocesano y Profesor de Teología)
No esperaba la elección del Cardenal Ratzinger. Tenía la convicción de que los electores no iban a atreverse. Cierto que él había mostrado una enorme autoridad —autoridad pura, sin poder— durante la sede vacante. Cierto que había sido durante muchos años la inteligencia amiga del Papa difunto. También, finalmente, que por su edad, podía cubrir unos años de transición. Cierto; pero otros datos asustarían a los prudentes electores: había jugado —por convicción y fidelidad— el papel de "malo" durante todo un pontificado. La severidad doctrinal de Juan Pablo II no rechinaba tanto; su simpatía, su valor físico, equilibraban el juicio; muchos oían al cantor aunque no aceptaran la letra de la canción. Decían los "entendidos" de siempre: "bueno, en lo moral es conservador, pero en lo social es avanzado". Sin embargo, lo que se perdonaba a Juan Pablo II, de ningún modo se toleraba a su hermano y colaborador Joseph Ratzinger. El amor a la verdad, desnudo de adornos mediáticos, es odioso para muchas personas que han abdicado de la inteligencia y que se conforman con soluciones "prácticas" para ir saliendo del paso. En una sociedad de bienestar, donde dios es el dinero y la sensualidad (Mammón), las ideas-ideas aparecen como un fundamentalismo creador de división, de odio y de violencia. Creía que los cardenales no se arriesgarían, a pesar del liderazgo moral evidente de Ratzinger. ¿Cómo iban a provocar el tsunami de críticas airadas y hasta de posibles deserciones? La situación del Cardenal Ratzinger me recordaba la de un español ilustre y con fama de santidad: el Cardenal Merry del Val, Secretario de Estado y mano derecha (dura) de San Pío X. Era el candidato "natural" a la muerte del Papa. Muchos creían que saldría elegido. Había sido clave en la defensa de la fe frente al modernismo; era un gran diplomático; hombre de gran sencillez y, a la vez, elegancia; pastor humilde en humildes barrios de la periferia romana. Pero no fue Papa. No lo podía ser. Demasiado peso en el pontificado anterior, demasiados enemigos. Los Cardenales debieron pensar que era mejor pasar página y empezar a cerrar heridas tan dolorosas. Eligieron, bien elegido, a Benedicto XV. Aun en la distancia que los separa —un metódico herr profesor alemán, frente a un aristócrata sevillano de origen angloirlandés y vasco—, no he podido dejar de comparar a ambos. No; los Cardenales no iban a tener la osadía de prolongar el pontificado de Carol Woytila por su cara menos aceptada y simpática. Sería una ofensa imperdonable a eso que llaman "opinión pública". La decisión de los Cardenales. El Cónclave ha elegido Papa. Su misma elección es ya un mensaje. Los Cardenales se identifican con la homilía que el nuevo Papa pronunció en la Misa con que dicho acto dio comienzo. [Una comparación: Siri concedió la famosa y durísima entrevista a la Gazzetta di Popolo, pero exigió que no se publicara hasta que sus hermanos cardenales estuvieran encerrados, para que no la leyeran antes de votar; Ratzinger les ha mostrado su alma cara a cara. Hay hombres y hombres]. En ella retomó el programa de Juan Pablo II: predicar a Cristo. Pero con un subrayado: sacando a los cristianos del mar de dudas y confusiones a que los someten tantos vientos de doctrinas. Amor en la verdad y verdad en el amor; inseparables. Cristo, sí; pero el Cristo de los Evangelios y de la gran Tradición de la Iglesia. Lean su comentario al credo ("Introducción al cristianismo"). Dicen: han elegido a un teólogo y no a un pastor. Mentira: han elegido a un pastor que da gran importancia a la evangelización de la inteligencia como condición para una fe libre y adulta. Repito que no es nuevo en él. Lo relativamente nuevo es comprobar que el cuerpo de electores considera esa recuperación integral de la confesión de fe (credo) como una prioridad en este momento misionero. Apenas se han apagado los ecos de una hermosa ponencia de ese valiente y brillante obispo español que es D. Fernando Sebastián, donde decía, más o menos, que si durante algunos años los cristianos hemos dado prioridad al compromiso, sin abandonar este ni mucho menos, llega la hora de pronunciar con claridad nuestra fe y decir con precisión en quién creemos y lo que creemos. Esta claridad y definición del mensaje es lo que realmente ofende a quienes reaccionan contra la elección. Ellos quisieran una Iglesia dócil a las modas que imponen, e infiel al Depósito de la Fe. Creo que no lo van a ver. "Ecce Homo": Este es el hombre. Estamos acostumbrados a ver imágenes, no hombres. Nos han ido acostumbrando poco a poco, paso a paso, y nos pasa algo similar a lo que sucedía a aquel ciego al que Jesús curó en dos fases; al ser preguntado si ya veía, dijo: veo como árboles que se mueven. Los medios visuales, sobre todo el cine, nos han vendido figuras virtuales: vampiresas irresistibles que luego eran solitarias y frígidas; galanes rebosantes de virilidad que de viriles nada tenían, etc. Vemos imágenes, talantes, formas movientes que formulan unas "ideas" proporcionadas por las últimas encuestas. Corremos el riesgo de no reconocer ya a un Hombre —varón o mujer— cuando tengamos la suerte de que se cruce en nuestro camino. En el hombre-imagen ocurre lo que con el corcho flotante: apenas hay nada bajo el agua y es llevado por las olas; el hombre-hombre nada como el iceberg: por cada metro de hielo que se ve, hay nueve ocultos; y las olas rompen contra la Roca que defiende el puerto y la ciudad. Ratzinger es todo un hombre. No quiero decir que sea un hombre perfecto ni completo; seguro que no lo es; sin duda tiene deficiencias que obstaculizarán su misión. Algunas las sospecho. Que Dios le ayude. Pero es un hombre: tiene convicciones coherentes con la fe y el ministerio que recibió, las ha defendido pacífica pero firmemente, las ha razonado con hondura; los otros son quienes han cambiado, quienes han abandonado lo que creían; él no. Cuando en cualquier país los mal llamados "laicos", o mejor, no creyentes (Ernst Bloch, filósofo marxista de la esperanza; Jürgen Habermas, de la escuela de Francfort; Marcello Pera, discípulo de Popper y presidente del Senado italiano), buscan un interlocutor cristiano de altura, siempre han encontrado a este hombre. Y han terminado amigos en el mutuo respeto. Ha buscado la verdad, ha defendido la verdad. Es un hombre capaz de pensar con matices, cosa nada corriente en estos momentos. No le hizo teólogo famoso la llamada de Juan Pablo II a la Congregación para la Doctrina de la Fe; le llamó porque ya lo era, y se apoyó en él. Fue libre para aceptar, como dones del Espíritu, los movimientos internacionales, y, a la vez, buscar la clarificación de su estatuto eclesiológico sin confusiones y sin paralelismo; fue libre para obedecer a Juan Pablo II pero no dejó de manifestar su llamada de atención, por ejemplo, ante lo que consideraba un exceso de canonizaciones, o de documentos, o de burocracia. Desmontó la teología de la liberación en sus aspectos menos aceptables, pero dejó muy claro, en la famosa Instrucción, que el camino a los pobres seguía abierto y que sería un abuso desprestigiar esa opción prioritaria con el pretexto de los errores de aquella teología. Seguramente no lo han leído muchos. Por cierto, ¿sabían ustedes que el Padre Arrupe hizo antes advertencias muy similares a las de la Instrucción en una Carta sobre el análisis marxista de 1981, divulgada en la prensa española el día 4 de abril de 1981? ¿A que no lo sospechaban? El odio a Ratzinger procede de los círculos académicos progresistas europeos, donde antes que las cuestiones morales hoy en primer plano, se intentó desmontar la confesión de fe cristológica de Calcedonia, la doctrina de la transubstanciación eucarística o la infalibilidad del Papa; de ahí viene el odio a este hombre. Los poderes económicos que persiguen algo muy similar al "Mundo Feliz" de Huxley, y que dominan casi absolutamente los medios de comunicación y la investigación científica, sirven de altavoz (y utilizan) a ese "cristianismo" degradado que bordea la apostasía; para clonar a la humanidad les estorba la libertad de la fe. Pero él no ha cedido al anatema académico (intereses corporativos) ni a la presión mediática; ha servido a la fe. Aparte de mi admiración por el teólogo y de mi alegría ante la elección legítima y libérrima de los Cardenales (ojalá la democracia se asentara en elecciones tan libres), no puedo dejar de sentir una honda alegría cuando contemplo el triunfo del humilde y veo que ese "gran inquisidor" que no lo es, sube las gradas de la Basílica como nuevo Pedro con las bendiciones del Señor y el aplauso del pueblo. Gracias a Dios no siempre triunfa la mentira en esta etapa de la historia. Benedicto XVI. Nos ha sorprendido el nombre. Tiene un precedente hermoso: el Papa de la paz y de la reconstrucción de Europa, Benedicto XV. Seguro que este precedente está bajo la elección. Pero el actual Benedicto XVI ha hablado con gran calor en otras ocasiones de San Benito, el copatrón de Europa y fundador del monacato occidental. Cuando nace Benito (año 480) el Imperio se ha derrumbado: en el último día de diciembre del año 406 las aguas heladas del Rhin permiten que cientos de miles de hombres, mujeres y niños hambrientos y aterrorizados, crucen las fronteras e invadan Europa (suevos, vándalos y alanos); en el 410, Alarico y sus visigodos arrasa Roma y los ciudadanos del Imperio piensan llegado el fin del mundo; en el 476, el rey de los Hérulos asesina al último emperador. Toda una civilización, nacida en las "polis" griegas, universalizada por Alejandro, realizada políticamente por el genio romano, y trascendida por el cristianismo, se ha venido abajo. La vida social se ha roto, la ciudad es ámbito de bandidaje y corrupción. San Benito va a entregarse a Dios absolutamente y, desde esa entrega, va a sembrar la nueva convivencia (Monasterio, Regla) Benedicto XVI, lo mismo que su antecesor Juan Pablo II, captan este momento crucial del mundo y, muy especialmente, en una Europa de espaldas a Dios: ven lo que otros no quieren ver. Saben que las migraciones son imparables; lloran la destrucción de los lazos familiares y la manipulación de los jóvenes; denuncian la miseria de continentes enteros provocados por un orden mundial injusto. Caída del Muro e incendio de las Torres: ha empezado la Nueva Edad Media y hay que evangelizar la nueva humanidad. Benedicto XVI no es un profeta de desdichas, ni un apocalíptico aterrador; es un centinela fiel y veraz. Debe mucho a San Agustín (354-430), sobre el que hizo la tesis doctoral, y conoce bien su última obra, "La Ciudad de Dios". El santo doctor la terminó muy enfermo, mientras los vándalos cercaban su ciudad. Sus coetáneos pensaban en el fin del mundo pero Agustín proclamaba que era el comienzo, y proyectaba la nueva Ciudad. San Benito (480-547) y San Gregorio el Magno (540-604) pondrán en práctica ese programa. Los monasterios guardaron la cultura para tiempos mejores; en ellos la fe se abrió a la inteligencia y la inteligencia se ensanchó pensando la fe. Benedicto XVI es el lúcido y acogedor —ni ciego ni fanático— "Bibliotecario" del Evangelio de la Alegría, en tiempos de incendiarios de libros y de carcajadas estúpidas ("Fahrenheit 451", "El nombre de la rosa"...): el fuego de la estupidez no calcinará la Palabra. Detrás de, y junto a Juan Pablo II el Magno, el humilde Benito (Benedicto XVI) intentará con la ayuda del Señor y de todos los cristianos, ofrecer la fe en Jesucristo y, desde esta fe, convertir a la Iglesia en lo que es: sacramento de comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. |