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Amadeo Puebla Rodríguez "La vida de un hombre normal marcada por lo que Dios te pide" Bueno, quiero decir en primer lugar, que ante el esfuerzo que están haciendo por aquellos lares manchegos ante el proyecto de la planta eléctrica, voy a hacer algo que hace mucho que no he hecho: escribir algo sobre mi vida. Y lo hago con mucho gusto puesto que me lo han pedido con cariño y, sobre todo, para mostrar que la vida de un hombre normal está marcada por lo que Dios te pide y las personas que te pone en cada momento a tu lado. Me presentaré. Me llamo Amadeo Puebla Rodríguez. Hace 37 añitos que nací en Ciudad Real. El comienzo de mi vida hasta los 11-12 años transcurrió en Torralba de Calatrava, mi pueblo y del que estoy orgullosísimo, rodeado de mi familia, mis amigos y mi Parroquia. Mi vida hasta entonces era la normal de cualquier muchacho de pueblo con todo lo que eso supone de bueno: jugar, hacer deporte, ayudar en las tareas del campo a la familia, participar en la Parroquia (fui incluso monaguillo), aunque si he de decir que era un poco vago en lo que se refiere a estudiar. Prefería estar por ahí corriendo y jugando con los amigos. De hecho, siempre me quedaban algunas. Pero es normal, no daba "palo al agua". Y aunque siempre he tenido "carita" de bueno, también la tenía de pícaro (es es lo que me decían. La verdad es que me lo siguen diciendo). En ese tiempo aprendí muchos valores en el entorno de mi familia, a la cual le debo casi todo en la vida, y de los cuales aprendí desde que nací los valores esenciales que han marcado mi existencia de entonces hasta ahora: la ayuda a los necesitados, el trabajo y el esfuerzo superando las apetencias y exaltando el deber, la sensibilidad en los detalles y gestos, la alegría y el entusiasmo y no decaer ante las adversidades, también la ternura y la fuerza que tiene el sentirse querido, la FE que me inculcaron y que respetaron-animaron en todos los momentos de mi vida. Con 11-12 años y gracias a un amigo mío que se llamaba Pedro, me sentí de una manera indirecta interrogado para ir al Seminario. La cosa sucedió así. Estábamos jugando y paseando por una plaza de mi pueblo que le llaman "La Purísima" y eran sobre las 6 de la tarde. Él me comentó que estaba pensando ir a hacer una convivencia al Seminario y yo, como buen amigo, le dijo: "Ahhhh, pues si tú vas yo voy contigo". No es que me plantease ser sacerdote pero sí un buen amigo que acompañaba a otro en esa experiencia que quería tener. Unos días antes del Cursillo de verano, me dijo mi amigo que se había arrepentido y que ya no iba al Cursillo. Yo no sé porqué, le dije: "pues yo sí que voy a ver qué es eso". Lo dije más con un sentido de intentar convencerlo que otra cosa. Pero él siguió en su decisión de no ir y yo en la de ir. Él es ahora un buenísimo padre de familia con dos criaturas preciosas. Yo, pues ya veis. El tiempo que me tocó vivir en el Seminario fue para mí una auténtica gracia. Aunque a mis padres, en principio, les gustaba la idea, sin embargo, eso de mandar a su hijo tan flaco... ("¡Sepa Dios cómo comerá éste que no ha salido de la casa en su vida!") Vamos, lo propio de los padres. Yo disfruté muchísimo. Hacía todo lo que me gusta: deporte, ping-pong, futbolines,... y hasta empecé a sentarme a estudiar y sacaba todas las asignaturas bien. Lo mejor es que tenía los amigos al lado, mis mejores amigos. Poco a poco fui descubriendo que eso de ser cura podía llegar y no me disgustaba. Pasé el Bachillerato y, bueno, seguía contentísimo. También "tonteé" un poquito con algunas muchachas. Cosas propias de la edad. Me encantaba el ambiente del Seminario. Los estudios, la oración, la participación en la Eucaristía,... y, sobre todo, el deporte. Recuerdo que me quedé campeón provincial y regional y hasta fui a campeonatos nacionales de salto de longitud. fue en esta etapa cuando, entre las visitas que teníamos en el Seminario, llegaron unos misioneros del IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras). En concreto, un tal Cirilo que estaba en Japón (luego lo he tenido como compañero en Madrid mientras hacía el Curso de Misionología). Aquel testimonio, y después el de otros, me hicieron ver que lo que realmente yo quería era ser sacerdote pero, sobre todo, misionero. Aquella sensación primera la fui cuidando y formando a lo largo de los años para que no quedase en una simple sensación. Muchas veces he pensado la vocación. También la vocación misionera. En realidad, la vocación es como una amistad que hay que cuidar para no perder. Los veranos en mi pueblo eran buenísimos. De mucho contacto con la gente de mi pueblo, de trabajo, de mil actividades y hasta en algún momento formamos un grupo de música("imitadores"), donde cantaba y tocaba la guitarra. Como veis no me privaba de nada. Todo eso lo he agradecido a Dios profundamente. Llegué e hice la Filosofía y la Teología y seguí disfrutando de mis amigos y del contacto más directo con Dios desde una faceta diferente que era el estudio. También disfruté muchísimo con los fines de semana que pasé de pastoral en los diferentes pueblos y la relación que tuve tanto con las personas de las diferentes parroquias como con los sacerdotes y religiosas que estaban en ellas. Estuve los dos primeros años en el Seminario con los niños de los que llamaban E.G.B. (Educación General Básica que ahora es Sexto de Primaria y 1º y 2º de E.S.O.). Después empecé en pueblos: Villarrubia de los Ojos (primera y estupenda experiencia); en Daimiel (que disfruté un montón, sobre todo con los jóvenes a los cuales todavía quiero con el alma. Allí tuve una primera experiencia con la gente que estaba más discriminada en lo que llaman "El Alto"); y el último año, que para mí fue decisivo, estuve en Cabezarados. De ese pueblito jamás me olvidaré. Claro está que es por la gente. Disfrute como nunca. El contacto directo con la gente, con los jóvenes con los que tengo una relación muy personal todavía y que me enseñaron muchísimo. Recuerdo con ellos las catequesis, las charlas larguísimas que teníamos en mi casa, las canciones, el deporte con ellos, las visitas a los ancianos y a las familias... Durante los veranos de esos años trabajamos para cooperar en la Bolsa Común del Seminario, en concreto de Teología. Por eso trabajé en el campo. Incluso algún año estuve en Gerona en un restaurante. Para mí aquella experiencia fue también interesantísima y enriquecedora. Llegó el momento de mi primera decisión fuerte de verdad. El diaconado. El 5 de septiembre del año 1992. Un día feliz y lleno de gentes que habían compartido conmigo mis primeras experiencias. A continuación, me marché, lleno de dudas, a hacer el Servicio Militar. Digo lleno de dudas porque no sabía si hacerlo o hacerme Objetor de Conciencia. Hasta dos días antes de ir para Cáceres. Allí hice el CIR durante tres meses en los que, como cualquier "hijo de vecino" me tocó dar unos pocos barrigazos, aprender la instrucción "Firmes-Descansen". Pero, sobre todo, conocí el ambiente que vivían todos los muchachos de España. Allí hice buenos amigos. Después me mandaron a la Catedral Castrense de Madrid y allí estuve medio año. Vi que se perdía mucho el tiempo sin hacer nada y le pedí al Coronel que me dejase ir a estudiar lo que fuese. Así empecé a estudiar Catequética en el Seminario de Madrid, en el San Dámaso. También fue aquella una buenísima experiencia de estudio y esfuerzo, sobre todo, nocturno que era cuando terminaban mis quehaceres militares y otros propios de mi diaconado porque allí hice más bodas y bautizos que en mi vida. También allí, con el Vicario General Castrense conocí la realidad de las víctimas del terrorismo de ETA y de las primeras víctimas de la Guerra de Bosnia. Al licenciarme, y después de vendimiar con mi familia, el 9 de octubre del año 1993, me ordené sacerdote. Recuerdo ese día lleno de gente que me quería. Mi pueblo entero estaba allí y eso que era tiempo de vendimia. Todavía con los nervios a flor de piel dije, el día 10 de octubre, mi primera misa en mi pueblo, con todo el pueblo allí presente. Ya, desde mis primeros días, le dije al Sr. Obispo, Don Rafael Torija de la Fuente, que no olvidase que un día quería salir para la misión. Él me contestó: "Muy bien Amadeo, pero eso dentro de unos añitos. De momento aquí hijo mío". Esa insistencia no la dejé caer y siempre que podía se lo recordaba. Mi primer destino como sacerdote fue Almadén. Mi primer amor como cura. Allí tuve mis primeros pasos llenos, en principio, de nervios, dudas de si sabía o no llegar a la gente con mis palabras y, sobre todo, con mi vida. si manifestaba de alguna manera la Buena Nueva que Dios se dignó de poner a mis pies y labios. Allí fueron mis primeras alegrías, también frustraciones. Pero sí que es verdad que me he sentido acompañado por Dios y por los hermanos que puso en mi caminar en todos los momentos. Después de un año, el Sr. Obispo y el grupo de sacerdotes pensaron que porqué no designarme también Guadalmez. Yo respondí con sumo gusto que Sí. Este pueblito, que está justo en el vértice de tres regiones autónomas, fue para mí un regalo de Dios. Allí recibí todo el cariño del pueblo, desde los niños hasta los mayores y yo entregué lo que pude sobre todo en el acompañamiento desde la escuela hasta el club de fútbol. La verdad es que en los ocho años que estuve en Almadén y Guadalmez recibí más de lo que di. Entre tanto yo seguía erre que erre con don Rafael en la cuestión de mi salida a la Misión. Hasta que un día, junto con otros dos compañeros (Chechu y Simón) nos dijo que sí, pero que primero saldría uno y después los demás. Ya imagináis quién fue el primero en hacerlo. Desde ese momento todo fue despedidas en las Parroquias en donde demostraron con creces el cariño que me tenían; las "angustias" de unos padres que, en principio, no quiere que su hijo se marche fuera pero siempre diciendo: "Que sea lo que Dios quiera. Si es lo que tú quieres y lo que Dios quiere..." Estuve en Madrid preparándome de octubre a mayo de 2002. El 10 de junio de 2002 llegué a Santo Domingo en medio de un calor pegajoso propio del Mar Caribe. Allí estaban todos los compañeros del grupo de Dominicana esperándome. Para mí fue encontrar una nueva familia, unos nuevos amigos y un futuro al que Dios me envió. Recuerdo ahora, con una sonrisa en la boa: "Donde me he metido y quién me mandaría a mí". Digo que con risa porque es la etapa más feliz de mi vida y en la que estoy descubriendo que no hay nada como ser un hombre o mujer que se fíe de Aquel que te ama y te envía los que Él más quiere, a los POBRES. Bueno, la verdad es que he resumido mucho y más estos últimos años de cura. Lógico después de 37 añitos de vida. Lo bueno es lo que ahora estoy viviendo. Os aseguro que podría llenar páginas y páginas con mis nuevas experiencias de Dios y de ser hermano entre los hermanos.
Gracias a todos y todas. |